La productividad como dogma

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Si no hay derechos laborales, servicios públicos eficientes y participación de los trabajadores en la riqueza creada, la productividad termina ampliando, no reduciendo, la desigualdad.

Productividad: ¿desarrollo o dogma económico?
Economía, desigualdad y trabajo

Productividad: ¿motor del desarrollo o nuevo dogma económico?

La productividad puede ser útil para una sociedad. Pero cuando se convierte en la meta suprema de la política económica, puede justificar precariedad, salarios bajos, automatización sin protección y una vida cada vez más exigente para quienes trabajan.

Idea central: el Perú no necesita rechazar la productividad. Necesita impedir que sea usada como excusa para concentrar riqueza y sacrificar el bienestar de la mayoría.

En un país profundamente desigual como el Perú, la pregunta no debe ser solo cuánto produce una persona, una empresa o una región. La pregunta decisiva es: ¿quién se beneficia de lo producido y cómo se reparte esa riqueza?

El crecimiento económico, las exportaciones y los buenos indicadores fiscales no se convierten automáticamente en una vida mejor para la población. Un país puede producir más y, al mismo tiempo, mantener trabajadores con bajos salarios, millones de personas en la informalidad, servicios públicos deteriorados y brechas territoriales enormes.

La pregunta no es solamente “¿aumentó la productividad?”.
Es: “¿productividad para quién, a costa de quién y con qué distribución de beneficios?”

Elmer Cuba: productividad como prioridad

El ministro de Economía y Finanzas, Elmer Cuba, ha sostenido que una de las principales prioridades de su gestión será mejorar la productividad de la economía, generar empleo y ampliar oportunidades. Su planteamiento parte de un diagnóstico conocido: el Perú consiguió estabilidad macroeconómica, pero una parte importante de la población no percibe esos avances en sus ingresos ni en su bienestar.

“Tenemos que obsesionarnos con mejorar la productividad de la economía, generar nuevos empleos y promover la cohesión social y la igualdad de oportunidades”.

Declaración atribuida a Elmer Cuba en sus primeros anuncios como titular del MEF.

La contradicción aparece de inmediato. Si el país ya tuvo períodos de crecimiento y estabilidad, pero los beneficios no llegaron proporcionalmente a salarios, servicios públicos y protección social, ¿por qué deberíamos asumir que más productividad por sí sola resolverá el problema?

El debate sobre los feriados expresa esta visión. Cuba ha vinculado los días no laborables con pérdidas de producción y ha planteado la necesidad de reorganizarlos o eventualmente reducirlos. El tema puede debatirse, pero revela una mirada en la que el descanso aparece principalmente como costo económico, antes que como derecho, salud o tiempo para la vida familiar y comunitaria.

El problema del enfoque

Se calcula con rapidez el costo de un feriado, pero pocas veces se calcula el costo social de las jornadas excesivas, el transporte agotador, la ansiedad laboral, la falta de descanso, los accidentes de trabajo, el cuidado no remunerado y los salarios insuficientes.

¿Qué significa productividad?

En términos sencillos, productividad significa producir más con los mismos recursos, o producir lo mismo usando menos tiempo, trabajo, energía o materiales.

Ejemplo simple

Si una empresa fabricaba 100 productos con 10 trabajadores y luego fabrica 150 con las mismas 10 personas, se dice que aumentó su productividad.

Pero este concepto no es neutral. Hay formas muy distintas de elevar la productividad, y no todas mejoran la vida de las personas.

Formas que pueden ser positivas

  • Capacitar a trabajadores y fortalecer la educación pública.
  • Mejorar la salud, nutrición y seguridad de la población.
  • Invertir en ciencia, innovación e infraestructura.
  • Reducir tiempos perdidos por transporte deficiente o trámites burocráticos.
  • Incorporar tecnología que reduzca accidentes y tareas peligrosas.

Formas que pueden dañar a los trabajadores

  • Elevar metas y ritmos laborales sin mejora salarial.
  • Reducir personal y exigir más trabajo a quienes permanecen.
  • Eliminar pausas, descansos o derechos laborales.
  • Automatizar puestos sin capacitación ni protección de ingresos.
  • Usar vigilancia digital para controlar cada minuto del trabajador.
  • Subcontratar y precarizar para reducir costos empresariales.

Una distinción fundamental

No es lo mismo una productividad basada en educación, salud, tecnología e infraestructura que una productividad basada en más presión, más despidos, menos derechos y mayor explotación.

Cuando la productividad se vuelve dogma

La crítica no consiste en defender el desperdicio ni el atraso tecnológico. La crítica consiste en rechazar que una sola variable económica decida el rumbo de toda la sociedad.

Cuando se presenta a la productividad como prioridad absoluta, el trabajador deja de ser visto como ciudadano, padre, madre, cuidador, vecino o persona con derecho al descanso. Se convierte en una unidad de rendimiento: alguien que debe producir más, adaptarse más rápido y aceptar nuevas exigencias para sobrevivir en el mercado.

Cuando manda el dogma Lo que queda subordinado
Producir más en menos tiempo Salud física y salud mental
Reducir costos empresariales Salarios, estabilidad y derechos laborales
Maximizar rendimiento Descanso, vida familiar y cuidado
Automatizar procesos Empleo, reconversión y seguridad de ingresos
Competir a cualquier costo Medio ambiente y desarrollo territorial
Aumentar ganancias Distribución equitativa de la riqueza

La desigualdad no es solo una injusticia: también es un obstáculo para el desarrollo. Una sociedad desigual desperdicia talento, limita el aprendizaje, dificulta la innovación y reduce las posibilidades de que millones de personas desarrollen sus capacidades.

Una economía desigual puede ser rentable para grupos concentrados, pero no es una economía plenamente desarrollada para la sociedad.

Más productividad no garantiza mejores salarios

Se suele afirmar que, si la productividad aumenta, los salarios también crecerán. Sin embargo, esa relación no es automática. Depende de relaciones de poder, sindicatos, negociación colectiva, leyes laborales, salario mínimo, políticas tributarias y capacidad de redistribución del Estado.

Un trabajador puede producir más riqueza por hora y aun así recibir el mismo sueldo. La riqueza adicional puede ir principalmente a las ganancias empresariales, dividendos de accionistas, bonos gerenciales, pago de deuda, compras de maquinaria o expansión de grandes corporaciones.

Si una persona produce más valor, ¿por qué no debería tener derecho a mejores ingresos, más descanso y mayor seguridad?

En América Latina, CEPAL y OIT han advertido que el aumento de la productividad no siempre se traduce en una mayor participación de los salarios dentro de la riqueza nacional. En varios países, las remuneraciones crecieron menos que la productividad o perdieron participación respecto del producto total.

La productividad sin redistribución

Si no existen reglas para distribuir los frutos del crecimiento, el mensaje al trabajador termina siendo: “produce más, pero no esperes necesariamente vivir mejor”.

Automatización: ¿liberación o inseguridad?

La automatización permite producir más con menos trabajo humano en algunas tareas. Puede disminuir accidentes, evitar labores repetitivas y ampliar capacidades técnicas. En ese sentido, la tecnología no es enemiga.

El problema es quién controla la tecnología y quién recibe sus beneficios. Si una empresa automatiza procesos, despide trabajadores y concentra las ganancias, la productividad se convierte en una fuente de desempleo, temor y desigualdad.

Ejemplo: inteligencia artificial y atención al cliente

Una empresa incorpora inteligencia artificial para responder consultas. Puede reducir puestos de atención, aumentar la presión sobre el personal restante y exigir que cada trabajador resuelva más casos por hora.

Si no hay capacitación, protección de ingresos ni reducción de jornada, la innovación se vuelve una herramienta de precarización. La productividad sube, pero el bienestar puede caer.

La gran promesa tecnológica debería ser otra: si la sociedad puede producir más con menos esfuerzo, entonces debería poder trabajar menos tiempo sin perder ingresos. Sin embargo, bajo una lógica centrada únicamente en la ganancia, los beneficios se privatizan y los costos recaen sobre las personas.

Una automatización socialmente justa requiere:

  • Capacitación pública y gratuita antes de los despidos.
  • Fondos de reconversión laboral y protección de ingresos.
  • Participación de trabajadores y sindicatos en decisiones tecnológicas.
  • Reducción de jornada sin reducción salarial cuando aumente la productividad.
  • Protección frente a vigilancia digital y decisiones algorítmicas abusivas.
  • Tributación efectiva de ganancias extraordinarias y rentas digitales.

La salud y el descanso también producen desarrollo

Desde una visión puramente economicista, los descansos, licencias, feriados, seguridad ocupacional y políticas de salud aparecen como gastos. Pero una población agotada, enferma, mal alimentada, endeudada y sometida a largos trayectos urbanos no puede sostener un desarrollo sólido.

La salud no es una interrupción de la productividad. Es una condición básica de la vida y también de cualquier capacidad económica sostenible. Lo mismo ocurre con educación, vivienda, agua segura, transporte público, seguridad social y sistemas de cuidado.

Trabajo decente

Una economía no debe evaluar el empleo solo por cuántas personas trabajan o cuánto producen. El trabajo debe realizarse con libertad, igualdad, seguridad y dignidad humana.

¿Por qué se “endiosa” la productividad?

Para numerosos gestores empresariales, liberales y neoliberales, la productividad es una palabra poderosa porque parece indiscutible. ¿Quién podría oponerse a “ser más eficiente”, “modernizarse” o “competir”?

Sin embargo, detrás de estas palabras pueden esconderse decisiones políticas muy concretas. El lenguaje técnico puede presentar como inevitables medidas que benefician principalmente a quienes tienen mayor poder económico.

  • Flexibilizar contratos y facilitar despidos.
  • Limitar aumentos salariales alegando falta de productividad.
  • Reducir costos laborales mediante tercerización.
  • Debilitar sindicatos y negociación colectiva.
  • Dar beneficios tributarios sin exigir empleo digno.
  • Priorizar intereses exportadores sobre servicios públicos.
  • Reducir protección ambiental en nombre de la competitividad.
  • Medir el valor de una persona según su rendimiento económico.

No existe una productividad neutral. Hay una productividad del capital, orientada a la rentabilidad; y puede existir una productividad social, orientada a satisfacer necesidades y mejorar la vida colectiva.

Un país puede aumentar su PBI extrayendo más minerales, ampliando monocultivos, extendiendo jornadas o sustituyendo empleos por máquinas. Pero no habrá desarrollo real si continúan la anemia, la precariedad, la violencia, el abandono rural, el deterioro ambiental y la falta de servicios públicos.

Una alternativa para el Perú

El Perú no necesita rechazar la productividad. Necesita dejar de adorarla. Debe convertirla en un medio subordinado a objetivos más importantes: igualdad, trabajo decente, salud, sostenibilidad ambiental, soberanía productiva y democracia económica.

Una política económica distinta debería guiarse por los siguientes principios:

  1. Productividad con redistribución: los aumentos de productividad deben expresarse en salarios dignos, participación en utilidades y reducción de jornada.
  2. Estado desarrollador: inversión pública en educación, salud, ciencia, transporte, conectividad, vivienda, agua e infraestructura regional.
  3. Transformación productiva: reducir la dependencia de exportar materias primas e impulsar industria, agricultura sostenible, innovación y bioeconomía.
  4. Formalización con derechos: formalizar debe significar seguridad social, protección laboral, crédito y apoyo técnico, no solo más control estatal.
  5. Tecnología con justicia: automatización acompañada de capacitación, empleo de transición y protección de ingresos.
  6. Igualdad territorial: no habrá productividad nacional sostenible si Lima concentra oportunidades mientras regiones enteras carecen de servicios básicos.
  7. Bienestar como medida principal: evaluar al país por salarios reales, salud, educación, tiempo de traslado, informalidad, seguridad alimentaria y desigualdad; no únicamente por PBI o déficit fiscal.

La idea que debe cambiar

El desafío no consiste en producir más para esperar, algún día, que la riqueza “derrame” hacia abajo. El verdadero desafío es organizar la economía para que el aumento de la capacidad productiva se convierta, desde el inicio, en bienestar compartido.

La consigna no debe ser “primero productividad, luego bienestar”.

Debe ser: productividad al servicio del bienestar, bajo reglas que permitan que quienes producen la riqueza participen de ella.

Artículo de análisis económico y social.

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