Por Serafín Mondragón Juárez.
El primer minstro de Israel Benjamín Netanyahu y el presidente de los Estados Unidos Donald Trump iniciaron la guerra contra Irán.
Por Serafín Mondragón Juárez.
Un análisis pormenorizado de la guerra en Medio Oriente revela cómo la ofensiva militar de Estados Unidos e Israel contra Irán ha derivado en un auténtico colapso geopolítico. Lejos de alcanzar sus objetivos iniciales, la campaña ha desatado una crisis energética global, fracturado alianzas clave en el Golfo Pérsico y fortalecido la postura de Teherán, sin lograr desmantelar su capacidad nuclear.
Diversos informes de centros de estudio e institutos de geopolítica internacionales —como el International Institute for Strategic Studies (IISS) y el Quincy Institute— han evaluado los resultados de la intervención iniciada el 28 de febrero de 2026. La conclusión predominante apunta a un fracaso estratégico: a pesar de los intensos bombardeos contra la infraestructura militar y civil, y del asesinato de altos mandos del poder político, religioso y militar, Washington y Tel Aviv no solo han incumplido sus propósitos geopolíticos, sino que han sumido a la región en una espiral de mayor desestabilización.
Consecuencias políticas y de liderazgo
En el plano político, los ataques iniciales diezmaron parte de la cúpula dirigente de Irán, incluyendo el asesinato de Alí Jamenei y de figuras clave del alto mando militar. Sin embargo, esto no provocó la esperada desestabilización social. Por el contrario, el sistema político iraní demostró una rápida capacidad de adaptación en su cadena de mando. No hubo rendición ni colapso interno —como pronosticaban los estrategas israelíes—, sino un endurecimiento y una consolidación de las posturas antimperialistas en el país persa.
Asimismo, quedó en evidencia la incapacidad de Estados Unidos para salvaguardar eficazmente la infraestructura crítica de sus aliados árabes frente a la respuesta militar de Irán, la cual incluyó ataques contra bases militares y refinerías petrolíferas. Esto generó un profundo desconcierto en el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG). Además, la falta de consentimiento del Consejo de Seguridad de la ONU socavó la legitimidad de la política exterior norteamericana y erosionó gravemente el derecho internacional.
Impacto económico y crisis energética
Desde la perspectiva económica, el bloqueo del estratégico estrecho de Ormuz por parte de Irán paralizó temporalmente el tráfico marítimo y la exportación de crudo, disparando los precios mundiales de la energía e impulsando una nueva ola inflacionaria a escala global. Como muestra de esta presión, la administración estadounidense se vio en la encrucijada de adquirir miles de toneladas de diésel a Rusia para mitigar el impacto en el costo de vida de los ciudadanos, un factor crítico de cara al panorama electoral. En el plano fiscal, la campaña militar ha demandado desembolsos colosales para el Departamento de Estado. Según estimaciones periodísticas e informes legislativos del Congreso de los Estados Unidos, el costo superó los 100,000 millones de dólares, agravando el déficit fiscal de una economía ya tensionada. Paralelamente, los daños estructurales y la parálisis económica en sectores clave de la región —como el energético, el hídrico y el de transportes— exigirán inversiones multimillonarias y una recuperación que tomará años.
Irán ha atacado múltiples bases militares de Estados Unidos y de sus aliados en Oriente Medio a lo largo de 2026.
Vulnerabilidad militar y reconfiguración geopolítica
Las repercusiones militares y estratégicas para las pretensiones hegemónicas occidentales resultan adversas. El conflicto expuso la vulnerabilidad de las bases norteamericanas y de los sistemas defensivos ante tácticas de saturación con drones y misiles, así como el uso por parte de Irán de armamento moderno de mayor alcance y precisión conforme avanzaba la confrontación.
En el ámbito nuclear, Irán salió fortalecido en su empeño por consolidar un elemento de disuasión definitivo, a pesar de los bombardeos sobre instalaciones clave. En suma, las operaciones bélicas arrastraron a la región hacia la apertura de múltiples frentes de conflicto —incluyendo el Líbano y zonas del Golfo, con episodios como el reinicio de las hostilidades entre Arabia Saudita y Yemen—, redibujando el equilibrio de poder en detrimento de Occidente.

