Las propuestas laborales del nuevo gobierno siguen exactamente la línea: más flexibilización, menos derechos, y el emprendimiento como cortina de humo. No es un modelo nuevo: es la continuación del neoliberalismo fujimorista con otro rostro. Lo que el capital no puede pagar en derechos, lo cobra en ganancias.

El elogio del emprendedor como confesión de fracaso del capitalismo
Crítica del emprendurismo como ideología de un capitalismo que ya no quiere, ni puede, emplear.
La promoción del emprendimiento no es la celebración de una nueva libertad; es la gestión simbólica de una renuncia. La renuncia del capital a la forma de organización laboral que él mismo construyó durante un siglo: el empleo estable, protegido, con derechos.
El capitalismo contemporáneo ha convertido al emprendedor en figura heroica: objeto de congresos, cátedras universitarias, políticas públicas y programas de «inclusión financiera». Richard Sennett, en La corrosión del carácter (1998), lo formuló con una claridad que aún incomoda:
No es que el sistema ofrezca emprendimiento como una alternativa mejor al empleo formal. Es que el sistema dejó de poder ofrecer suficiente empleo formal y necesitaba una narrativa que convirtiera esa incapacidad estructural en una elección individual deseable.
— Richard Sennett · La corrosión del carácter (1998)
Esa frase condensa la tesis: el emprendedurismo no es la solución al desempleo; es su forma socialmente aceptada. Y su promoción sistemática constituye una de las operaciones ideológicas más eficaces de las últimas cuatro décadas.
El emprendimiento como síntoma, no como opción
El discurso oficial presenta el auge del trabajo autónomo como una preferencia: los trabajadores, supuestamente, descubrieron que preferían «ser sus propios jefes». La evidencia muestra lo contrario.
Desde los años ochenta, las economías capitalistas impusieron en Nuestra América desindustrialización, tercerización y precarización. Destruyeron millones de empleos formales estables: las fábricas cerraron o se redujeron; las grandes empresas tercerizaron todo lo tercerizable; los Estados, bajo presión de los programas de ajuste, despidieron a miles de trabajadores. El resultado fue un modelo incapaz de absorber a su población activa en empleos con las condiciones que el siglo XX había establecido como norma: contrato, salario, sindicato, antigüedad, obra social, aguinaldo, expectativa razonable de continuidad.
El sistema no genera empleo: la contradicción es estructural. Pero su resolución se traslada a la biografía de cada individuo: si no tenés trabajo, el problema es tuyo, y la solución —capacitarte, emprender, reinventarte— también. El emprendedurismo es la institucionalización de ese traslado: la conversión de un problema del capitalismo en un proyecto personal.
Es la forma contemporánea, jurídicamente encubierta, de lo que Marx llamó el ejército industrial de reserva: la masa de trabajadores sobrante para las necesidades del capital, que hoy, en lugar de estar desocupada, está «monotributando», «facturando», «freelanceando». «autónomo».
El desmontaje del trabajo estable no fue un accidente
¿La precarización es un efecto no querido de «la tecnología» o «la globalización»? ¡No!: es un proyecto político deliberado. El neoliberalismo fue un proyecto de restauración del poder de clase de las élites económicas, ejecutado mediante la desregulación de los mercados financieros, las privatizaciones, la apertura comercial, el retroceso del Estado de bienestar y —punto central— la FLEXIBILIZACIÓN LABORAL.
El desempleo masivo se explicó como consecuencia de las «rigideces» del mercado de trabajo: contratos estables, indemnizaciones, negociación colectiva, seguridad social. La cura era, por tanto, lógica y brutalmente, la desprotección del trabajador. Cada «reforma laboral» de los últimos cuarenta años operó en esa dirección, y el vocabulario lo delata: nunca se llamaron reformas de la desprotección, sino de la «flexibilización», la «modernización», la «liberalización» del trabajo.
Sin despido indemnizable porque no hay despido; sin cargas sociales porque no hay relación de dependencia; sin jornada porque no hay contrato; sin derecho a huelga porque no es empleado. El emprendedor es el trabajador completamente flexible: el sujeto sin rigideces, expuesto sin mediación alguna al mercado. La promoción del emprendimiento y su idealización es la culminación de las reformas laborales.
La integración: contrato, sindicato, seguridad social, no fue un regalo del capital: fue conquistada por más de un siglo de lucha obrera, y aceptada luego por el capital fordista porque le convenía: la producción en masa necesitaba trabajadores estables, calificados y consumidores.
Lo que fue condición de posibilidad del capitalismo fordista. el trabajador estable con plenos derechos. se convirtió, para el capitalismo financiarizado, en un estorbo. El trabajador estable era una inversión; hoy es un pasivo en el balance. El capitalismo bursátil premia a las empresas que despiden: los despidos masivos se producen junto a beneficios récord y engrosan nuevas fortunas cuya preferencia es no pagar salarios ni cargas. Lo que antes era la columna vertebral del sistema hoy es su costo a eliminar.
Ante esa población trabajadora sobrante o incómoda, el sistema tiene dos salidas: la exclusión lisa y llana, o el emprendimiento. La segunda es preferible porque no genera conflicto: genera gratitud. Y eso es exactamente lo que han vendido como virtud.
La producción de la subjetividad emprendedora
El neoliberalismo no es solo una política económica: es una forma de gobierno que produce sujetos. Redefine al homo œconomicus como «empresario de sí mismo», emprendedor de su propio capital humano. Por eso es más eficiente que cualquier totalitarismo: la dominación se ejerce bajo la forma de la libertad. El sujeto emprendedor «se explota a sí mismo voluntariamente y cree que se está realizando».
Por eso el trabajador precarizado de hoy no se siente explotado: se siente libre. Y esa sensación no es un error de percepción: es el producto manufacturado más refinado del sistema. Cuando el lenguaje del emprendimiento se instala, las condiciones precarias dejan de aparecer como decisiones del sistema y pasan a parecer decisiones propias. La crítica exterior no se recibe como solidaridad, sino como ataque a la identidad: el emprendedor llama «envidioso» a quien denuncia su condición.
En cada caso, la misma operación: convertir una relación de poder asimétrica en una «relación entre iguales que eligen libremente».
Cada uno, su propio Estado de bienestar unipersonal
¿Qué ganó concretamente el capital con este dispositivo? La externalización total de los costos laborales.
El contrato fordista de posguerra distribuía los riesgos de la vida económica: el empleador asumía, por imposición sindical y legal, el costo de la salud, la vejez, el desempleo, las vacaciones, la incapacidad, la reproducción de la fuerza de trabajo. El nuevo modelo descarga todos esos riesgos sobre quien menos capacidad tiene de gestionarlos: el propio trabajador.
Cada emprendedor funciona, en la práctica, como un micro-Estado de bienestar unipersonal y fallido: debe ser su propia obra social, su propio fondo de pensión, su propio seguro de desempleo, su propio sistema de capacitación, su propio departamento de recursos humanos… con los ingresos volátiles de un asalariado precario.
Esto se verifica en las nuevas modalidades que el sistema genera sin cesar:
- Tercerización y subcontratación en cadena. La empresa principal se desprende de toda responsabilidad laboral hacia quienes producen su valor; la responsabilidad se diluye entre contratistas, subcontratistas y «alianzas» hasta volverse inasible.
- Plataformización. La forma jurídica de la «intermediación tecnológica» permite coordinar y controlar el trabajo de millones de personas -repartidores, conductores- sin emplear a ninguna.
- Regímenes tributarios simplificados (monotributo, «independientes», freelance): arquitecturas legales que normalizan y hacen masiva la figura del trabajador sin empleador.
- Microcrédito e «inclusión financiera». El colchón financiero que reemplaza al salario estable. El endeudamiento disciplina más eficazmente que cualquier capataz, porque el acreedor habita en la conciencia del deudor.
La crítica al emprendedurismo masivo como política de desarrollo es contundente: el microemprendimiento y el microcrédito no desarrollan economías; las fragmentan en un océano de subsistencia de baja productividad y competencia salvaje entre pobres, mientras el desarrollo real siempre dependió de empresas grandes, coordinadas, con empleo estable y salario productivo.
La «ilusión del emprendimiento local» se promueve aunque históricamente nunca desarrolló a ningún país. La mayoría de los microemprendimientos no sobrevive a sus primeros años, y el sobreviviente promedio no genera ni un empleo adicional. Y el fracaso individual no es un costo del modelo: es su combustible. Cada emprendedor que quiebra vuelve al mercado como trabajador aún más dispuesto a aceptar cualquier condición, o reinicia el ciclo como «emprendedor» en una actividad más precaria.
Corroer el carácter, disolver la clase
La jornada real de 60 horas semanales; la desaparición de la frontera entre trabajo y descanso; la ansiedad permanente de conseguir el próximo cliente; la imposibilidad de planificar. El tiempo libre, cuando existe, está colonizado por la preocupación: la cabeza nunca termina de desconectarse.
El precariado: una masa creciente de trabajadores que carece de las siete formas de seguridad laboral que definió la OIT en el siglo XX —en el mercado de trabajo, en el empleo, en el puesto, en el trabajo, en las capacidades, en el ingreso y en la representación—. Los lazos se convierten en «conexiones»; el compañero deviene «contacto». El trabajador de plataforma no comparte espacio físico con nadie: su adversario es un algoritmo sin rostro, y su identidad, la de una empresa unipersonal en competencia con otras empresas unipersonales.
El bloqueo de la acción colectiva: la función sistémica decisiva del modelo. El movimiento obrero del siglo XX fue posible porque la experiencia compartida del trabajo estable producía un lenguaje de intereses colectivos. La subjetividad emprendedora lo destruye desde adentro: «mis problemas son míos», «mis fracasos son míos», organizarse es «cosa de empleados». Cuando los independientes comparten idénticas condiciones precarias e intentan organizarse, la conversación se traba: cada uno siente que su situación es individual.
Contra la trampa: autonomía con seguridad
Denunciar la trampa no es despreciar a los atrapados. Millones de personas sostienen sus vidas y a sus familias mediante el trabajo independiente, con dignidad y a menudo con talento: la crítica no apunta a ellas y ellos, sino a la estructura que las empuja y al discurso que las culpa. Tampoco significa negar el valor de la autonomía real: significa sostener que la autonomía sin seguridad no es libertad; es precariedad con otro nombre.
Las batallas ya empezaron:
- La batalla por el nombre. Los litigios y luchas de repartidores y conductores de plataforma en España, Argentina y México para ser reconocidos como lo que son: trabajadores subordinados, no «colaboradores». La sentencia del Tribunal Supremo español (2021), que obligó a las plataformas de reparto a contratar a sus repartidores, y la posterior «Ley Rider» demostraron que la ficción jurídica del emprendedor-forzado es reversible cuando la organización colectiva logra actuar dentro de un sistema diseñado para impedirla.
- Protecciones desvinculadas del contrato. Salud, pensión y desempleo garantizados con independencia de la forma de contratación, para que ningún trabajador quede fuera por ser «independiente».
- Regulación del poder algorítmico. Transparencia y control sindical y público sobre los algoritmos que gestionan, tarifan y desactivan trabajadores.
El elogio del emprendedor es el espectáculo que el capitalismo levantó para justificar su propia renuncia a derechos consagrados. El capitalismo que durante un siglo hizo de la creación de empleo estable su orgullo, y de la seguridad social su pacto civilizatorio, hoy celebra que millones de personas «elijan» trabajar sesenta horas sin vacaciones, sin obra social, sin jubilación y sin saber cuánto ganarán el mes próximo.
Esa celebración no es un exceso de optimismo: es la pieza ideológica de una transformación material —la renuncia explícita del capital a sus obligaciones laborales— ejecutada con la complicidad de gurús, Estados y organismos internacionales.
El trabajador con plenos derechos no fue superado por el progreso: fue anulado por la rentabilidad. Y cuando se lo critica, el sistema despliega su última y más perfecta defensa: el propio desprotegido, convencido de que es libre, llama «envidioso» a quien le dice la verdad.
Mientras el emprendedor se crea empresario de sí mismo, seguirá siendo lo que siempre fue bajo la retórica: un trabajador sin derechos que asume, solo, todos los costos que el capital se negó a pagar.
Ensayo basado en Richard Sennett, «La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo» (1998), y en las críticas al emprendedurismo de U. Beck, D. Harvey, R. Castel, B.-C. Han, G. Standing y M. Bateman.