Una reflexión sobre su importancia histórica, social y filosófica a proposito del Primer Congreso de Presidentes de Comunidades Campesinas de la Region Puno
Jorge Perazzo
En un mundo devastado por la crisis climática, la desigualdad extrema, la descomposición social y la alienación neoliberal, existe un latido que aún resiste. Es el latido de las comunidades campesinas, rurales y organizaciones comunitarias de la zona andina y otras regiones del Sur Global, que, a pesar de siglos de colonización, despojo y olvido, han mantenido viva una cosmovisión andina, un modelo de vida basado en la reciprocidad, el bien común, la democracia directa y el respeto por la naturaleza.
A PROPOSITO DEL 1ER CONGRESO DE PRESIDENTES DE COMUNIDADES CAMPESINAS DEPUNO
Estas comunidades no son meros vestigios del pasado. Son sujetos históricos activos, portadores de una base civilizatoria con la que nos identificamos la inmensa mayoria de peruanos. No solo merece ser protegida, sino que debe ser reconocida como fundamento para la reconstrucción de un mundo más justo, sostenible y humano.
Este articulo explora la importancia histórica, social, política, ideológica, geopolítica, filosófica y jurídica de estas organizaciones comunitarias, no como reliquias arqueológicas, sino como gérmenes de un renacer como pais, capaces de regenerar los valores que el modelo neoliberal ha destruido.
Continuidad de una civilización viva
Las comunidades andinas no son “grupos tradicionales” que se resisten al cambio. Son herederas de una de las civilizaciones más avanzadas de la historia: el Tawantinsuyu, el Imperio Inca.
Este no fue un imperio basado en la explotación, sino en la organización colectiva del trabajo (mita), la redistribución equitativa de bienes (ayni, minka) y la gestión sostenible de los recursos. No existía el dinero, pero sí una economía de reciprocidad. No había propiedad privada sobre la tierra, sino tenencia comunal y rotación de parcelas. No había hambre, pero sí un Estado que garantizaba el bienestar de todos.
Hoy, las comunidades campesinas son los últimos guardianes de ese legado. Han sobrevivido a la conquista española, a la república excluyente, a las reformas neoliberales, a la migración forzada y a la desvalorización de lo rural. Y aún así, siguen allí: cultivando, organizándose, resistiendo.
Su historia no es una línea de tiempo. Es una continuidad civilizatoria, un hilo que une el pasado con un futuro posible.
El tejido comunitario frente a la desintegración
Mientras el modelo neoliberal ha generado soledad epidémica, desconfianza, competencia y desamparo, las comunidades campesinas han mantenido vivos los lazos sociales que el capitalismo ha destruido.
En ellas, el individuo no está solo. Está inmerso en una red de relaciones: familia, ayllu, comunidad, Pachamama. No se vive para producir, sino para convivir, compartir, cuidar.
La minka (trabajo colectivo), el ayni (reciprocidad sin interés), la kawsay warmi (vida en armonía) no son costumbres. Son prácticas sociales que construyen solidaridad real, no virtual.
En un mundo donde el 60% de los jóvenes se sienten solos, las comunidades campesinas ofrecen una lección: La felicidad no está en lo que tienes, sino en con quién estás.
Una democracia que funciona
La democracia liberal, en muchos países, ha demostrado ser una fachada para el poder de las élites. Las elecciones se ganan con millones, no con ideas. Los congresos legislan a espaldas del pueblo. La justicia favorece a los poderosos.
Frente a esto, las comunidades campesinas practican una democracia directa y participativa que no necesita intermediarios:
Las Asambleas comunitarias deciden sobre el uso de la tierra, el agua, los proyectos. Las Autoridades rotativas, elegidas por mérito y servicio, no por ambición. El Presidente realizan consultas continuas sobre temas de interes comun, no como trámite, sino como principio de autonomía. Y ejercen la Justicia comunitaria, basada en la reparación, no en el castigo.
Esta forma de gobierno no es «primitiva». Es natural, inclusiva y participativa. Y lo más importante: funciona.
Como señalaron los dirigentes del Consejo de autoridades originarias de Puno: ««La democracia comunitaria es nuestra forma de vida, no una opción.»
Una alternativa al modelo neoliberal
El neoliberalismo propone que el ser humano es un individuo racional, egoísta, competitivo, que solo actúa por interés propio. La comunidad campesina demuestra que eso es falso.
En su cosmovisión, el ser humano es: Relacional, no aislado; Cooperador, no competidor; Cuidador, no depredador; y es parte de un todo, no dueño de todo.
Este modelo no es una utopía. Es una práctica cotidiana en las comunidades campesinas. Y representa una ideología de resistencia frente a la lógica del mercado que convierte todo en mercancía: el agua, la tierra, la salud, la educación, incluso el afecto.
Las comunidades campesinas son, por tanto, el antídoto ideológico contra el capitalismo.
Bloques de soberanía frente al imperialismo
En un mundo donde el poder se concentra en manos de unos pocos países y corporaciones, las comunidades campesinas son islas de soberanía real.
Cuando defienden su territorio contra megaproyectos extractivos, cuando rechazan la privatización del agua, cuando expulsan a empresas transnacionales, están haciendo política geopolítica desde abajo.
Su lucha no es solo local. Es parte de un movimiento global contra el neocolonialismo. Como la Alianza del Sahel en África, que expulsó tropas francesas y creó una moneda regional, las comunidades andinas pueden convertirse en núcleos de un nuevo orden regional.
Si México y Brasil representan el potencial de integración entre gigantes, las comunidades andinas representan el potencial de integración desde lo comunitario, desde lo local, desde lo ancestral.
El Buen Vivir como ética de vida
La filosofía occidental ha girado en torno al individuo, la propiedad, el progreso ilimitado. La cosmovisión andina propone otra filosofía: el Sumak Kawsay (Buen Vivir).
Este no es un concepto de desarrollo económico. Es una ética de vida que afirma que La vida no es un medio, sino un fin. QUE el ser humano no está por encima de la naturaleza, sino en armonía con ella. QUE el progreso no se mide por el PIB, sino por la armonía social y ecológica. QUE el bien común es más importante que el interés privado.
Esta filosofía no es «atrasada». Es una crítica profunda al antropocentrismo y al extractivismo. Y ofrece una salida a la crisis civilizatoria que vivimos.
Derechos colectivos frente al individualismo legal
El derecho occidental se basa en el individuo y la propiedad privada. El derecho comunitario se basa en el colectivo y el uso común.
Las comunidades campesinas no reconocen la propiedad privada sobre la tierra. Reconocen el derecho de uso, usufructo y transmisión comunal. Y este derecho no es un privilegio: es un derecho constitucional en varios países andinos.
Pero este derecho está bajo ataque. Como señala el congreso de Puno:
«Una ley abre el camino para que sean cercenados nuestros territorios.»
Defender este derecho no es solo una batalla legal. Es una defensa de otro modelo de sociedad, donde el territorio no es mercancía, sino lugar de vida, memoria y futuro.
Cultura viva, no patrimonio muerto
La cultura andina no es un espectáculo folclórico. Es una forma de conocimiento, de arte, de ciencia, de organización. Su agricultura es una ingeniería viva (andenes, waru waru, cultivos en altura). Su medicina combina plantas, espiritualidad y observación empírica. Su lengua (quechua, aymara) contiene conceptos que el español no puede traducir. Su arte no es decoración, sino expresión del vínculo con lo sagrado.
Esta cultura no pertenece a los museos. Pertenece al presente. Y es fuente de innovación, no de nostalgia.
Hacia una regeneración ética
El modelo neoliberal ha destruido los valores que sostienen la vida en común, el comunitarismo: La solidaridad se convirtió en competencia. La cooperación, en individualismo. La paz, en ansiedad. El cuidado, en consumo.
Las comunidades campesinas son, por tanto, gérmenes de un renacer ético. Son escuelas vivas de RECIPROCIDAD SIN INTERES, COOPERACION REAL, RESPETO POR LA VIDA, DEMOCRACIA PARTIPATIVA. SOBERANIA ALIMENTARIA Y CULTURAL.
Y no solo ofrecen un modelo para lo rural. Ofrecen una referencia de sociedad para todo el país, para toda América Latina, para el mundo.
Las comunidades no necesitan salvarse. Necesitan ser escuchadas
No se trata de «salvar» a las comunidades campesinas. Se trata de reconocer que ellas nos pueden salvar a nosotros.
Nos pueden salvar del colapso ecológico, con su respeto por la Pachamama.
Nos pueden salvar de la descomposición social, con su tejido comunitario.
Nos pueden salvar de la corrupción, con su ética del servicio.
Nos pueden salvar de la alienación, con su sentido de pertenencia.
Y no lo dicen por teoria. Lo dicen porque lo han hecho antes, y lo pueden hacer de nuevo. Allí, en silencio, con dignidad, con raíces profundas, sigue viva la civilización que puede enseñarnos a vivir.