La accion de un cipayo cumpliendo su funcion
cipayo es un término histórico que hoy se usa de forma despectiva para describir a una persona que defiende los intereses de un país o poder extranjero en contra de los de su propia patria.
Cipayo en la niebla
La crisis entre Argentina y Brasil no es un exabrupto aislado: es la pieza visible de una maniobra de Washington, orquestada por Marco Rubio, para reordenar quién decide el destino de América Latina.
La crisis diplomática entre Argentina y Brasil no es una anécdota más en el prontuario verbal de Javier Milei. Es parte del ordenamiento político, planificado por Marco Rubio, para controlar aquello que en Washington denominan, en términos despectivos, Patio Trasero o Hemisferio Occidental. Detrás del insulto, de la provocación calculada y de la liturgia de barricada que el Presidente trasladó a la política exterior, aparece la disputa de fondo sobre quién decide el destino de América Latina y el Caribe.
Una debacle relativa, no el fin de la historia
Medio siglo atrás, en el marco de la Guerra Fría, el Departamento de Estado apeló a la Doctrina de la Seguridad Nacional para imponer golpes militares, proscripciones de partidos políticos, desapariciones forzadas, encarcelamientos, exilios y torturas generalizadas. La etapa actual no está asociada al optimismo del «fin de la historia» con el que soñó el Consenso de Washington: se inserta en una debacle relativa de Occidente.
- En 2024, el FMI consignaba que China se imponía como el principal contribuyente al crecimiento global, superando a todos los países del G7, incluido Estados Unidos.
- Según Bloomberg, China concentrará el 21% del crecimiento global hasta 2029, casi el doble del 12% que aportará Estados Unidos.
Esa realidad, combinada con el deterioro de su competitividad económica, el fracaso de su neoliberalismo financiarista y la emergencia de una multipolaridad, lleva a Washington a replegarse sobre el continente americano. Esa tarea se ve entorpecida por cuatro países que insisten en defender su independencia: Cuba, que resiste al sitio genocida; Canadá, que no acepta las condicionalidades económicas de la Casa Blanca; México, que mantiene su autonomía pese a las amenazas; y Brasil, que sostiene su proyecto de liderazgo multipolar dentro de los BRICS. Para quebrar esas ansias soberanistas, Washington ha ungido a Rubio como comisario político de sus operaciones directas e indirectas.
Lo que Trump necesita desactivar
Lula expresa aquello que Trump necesita desactivar: un mercado interno cada vez más ajeno al control financiero del SWIFT (a través de PIX), una política exterior profesionalizada, un liderazgo dentro de los BRICS y una sinergia creciente con la República Popular China. En los cálculos de la Casa Blanca, la potencial reelección de Lula supondría la continuidad del MERCOSUR y el estrechamiento de vínculos con México, tal como quedó exhibido en el relanzamiento de la Comisión Binacional México-Brasil, que incluye la cooperación entre Petrobras y Pemex.
Para evitar esa reelección, Washington ha decidido combinar los aranceles con la presión diplomática: ha enviado guiños explícitos a la derecha bolsonarista y ha encargado el trabajo sucio propagandístico al «bufón predilecto de la región», el mandatario argentino.
Insultos, visas y aranceles
Mientras Milei insultaba, Rubio le revocaba la visa a la embajadora brasileña en Washington, Maria Luiza Ribeiro Viotti, y se acumulaba la segunda ronda de aranceles contra productos brasileños, informados el 16 de julio. Los insultos de Milei fueron acompañados, de forma incongruente, con ruegos de la cancillería argentina para que Brasil reenvíe a su embajador —solicitando, de forma ridícula, separar lo político de lo diplomático, como si Milei no fuese el presidente argentino.
«La diplomacia no se debilita porque alguien se ofende; se despedaza cuando el agravio se vuelve doctrina mandatada desde el norte.»
El retiro del embajador brasileño fue también un tiro por elevación a Rubio, para advertirle que no puede confundir convicción ideológica con agresión personal, ni política exterior con alineamiento colonial. La paradoja, como suele ocurrir con las intervenciones imperiales torpes, es que la maniobra puede fortalecer a quien buscaba debilitar: Lula está reconvirtiendo la presión externa en un capital soberano. Frente al tutelaje de Trump y al seguidismo ruinoso de Milei —que cae estrepitosamente en los guarismos de opinión pública— el líder del PT se presenta como dique democrático ante una derecha regional dispuesta a tercerizar la política nacional en Washington.
China en la mira
Milei no solo dinamita el vínculo con Brasil; también le hace el juego a una estrategia que busca restringir la presencia china en infraestructura, energía, minerales críticos, tecnología e inteligencia artificial, siendo Beijing uno de los inversores más importantes en esos sectores en el Cono Sur. Luego del aporte extorsivo e injerencista de Trump en las elecciones de 2025, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, afirmó que «Milei está comprometido a sacar a China de Argentina».
En plena transición energética, con la competencia tecnológica acelerada y la desdolarización parcial como telón de fondo, América Latina y el Caribe vuelven a ser cosificadas como reserva de recursos naturales y territorio para la reprimarización. La Casa Blanca exige —tanto a la Argentina como a Brasil— desarmar sus estructuras productivas, convirtiéndolas en nodos extractivistas útiles para saquear recursos e impedir el crecimiento de industrias que podrían competir con Estados Unidos.
Autonomía heterodoxa, o ariete de la fragmentación
Lo que está en juego no es el volumen de los insultos ni la grosería como marca personal. La cuestión es si la Argentina seguirá participando de un proyecto sudamericano de integración, comercio, desarrollo industrial y autonomía relativa, o si aceptará convertirse en ariete de una estrategia externa destinada a fragmentar la región.
Brasil, con contradicciones y límites evidentes, conserva una tradición diplomática orientada a ampliar sus márgenes de autonomía. La Argentina de Milei eligió, en cambio, la intemperie del alineamiento automático: Washington como brújula, Tel Aviv como emblema y la derecha regional como comunidad afectiva. Es una política exterior que no negocia poder; declama pertenencia.
Milei no inaugura una doctrina. Clausura una tradición relacionada con el concepto de «autonomía heterodoxa», desarrollado por Juan Carlos Puig, que postula la necesidad de maximizar el margen de decisión de un país periférico mediante el desacople paulatino de los mandatos imperiales.
La palabra «cipayo» proviene etimológicamente del término persa sepāhī, que significa «siervo o soldado al servicio de intereses extranjeros».
Cuando, en el futuro, designemos a los rancios entregadores de la soberanía, podremos utilizar su sinónimo: mileísmo.

