Como superar la frustración, desengaño y amargura que embargó a Bolívar en los últimos meses de su vida al ver cómo su gran proyecto de una América unida y estable se fragmentaba.

¿CÓMO CRUZAR EL MAR DE BOLÍVAR?
Por Gabriel Fuentes
La milenaria e incesante guerra que dirige la economía mundial requiere hoy más que nunca los recursos de los cerros y la tierra para sostenerse en un recrudecimiento cada vez más crítico (ya en enero el famoso «Reloj del Día del Juicio Final», inaugurado en 1947 por el Boletín de los Científicos Atómicos, fue colocado lo más cerca que ha estado en la historia de la simbólica mortal medianoche), y nuestro continente, patio trasero de los líderes del imperio global que proclama la pedagogía de «paz a través de la fuerza», en medio de un escenario multilateral donde cada vez más grupos sociales reclaman la mínima dignidad de la «Libre Autodeterminación de las Naciones», concepto acuñado apenas hace 81 años tras la Segunda Gran Matanza Mundial, enfrenta hoy como siempre la exigencia de decidir cómo actuar frente a ella.
Nuestra libertad para hacerlo guarda un contexto histórico especial: hace solo cinco siglos, el destino de la violencia histórica de la humanidad repuntó en un exterminio sin precedentes en toda su historia en lo que hoy se conoce como Norte y Sudamérica, el que diezmó al imperio incaico de los cuatro suyus y desapareció a los arquitectos de la única maravilla mundial a 2000 msnm; desde entonces, estos territorios sin ley propia han sido anexados a las mayores potencias mundiales como fuente de mercancías exclusivamente, por más esfuerzos culturales predicados dentro de los virreinatos españoles o posteriores pugnas internas en aras de la soberanía.
Sudamérica, fraccionada, fracturado en su totalidad el complejo, arduo y milenario proceso que conformó un imperio y desarrolló también una aristocracia cuyo rango de nobleza demandó explicitar lingüísticamente su conexión con las fuerzas visibles de la tierra (como lo son los astros, la naturaleza, y las relativas a las emociones propias de la psicología humana: como el amor, el valor, la honradez, el miedo, el servilismo, el bienestar), todavía sangra la grave ausencia de una unión social lo suficientemente fuerte como para eliminar la delincuencia y el robo entre seres humanos. Actualmente, la falta del respeto para con el otro y nuestras fuentes de vida es la directriz de la economía peruana, como del resto de naciones hermanas subyugadas.
Si tras años de esfuerzo, diálogos y enfrentamientos a muerte por el prevalecimiento del proyecto independentista y unificador que se esperaba otorgase a Latinoamérica la fuerza suficiente para la defensa de sus intereses en el comercio mundial, Simón Bolívar supuestamente afirmaría «He arado en el mar», ¿Cómo poder superar esta aún vigente situación, donde nuestros especialistas viajan al extranjero o rehúyen al estado buscando mejores pagas, donde una hiper-centralización en Lima deja en el olvido los hogares, la educación y la salud de su población mientras negocia hábil y servilmente con las mayores potencias mundiales, donde la anemia infructuosamente se ha venido combatiendo con «chispitas» nutricionales mientras la agroindustria celebra sus logros con orgullo?
Primero, es importante aclarar que, según la Fundación Amigos de Nuestra Historia de Venezuela, Bolívar nunca afirmó tal lamentación (no se encuentra en ningún documento escrito y sería una frase sacada de contexto), que «no se corresponde con el accionar, la tenacidad y la fuerza con la que el libertador enfrentó la vida» para el Prof. Ubaldo García. En segundo lugar, debemos recordar que la elección de su ejemplo y nombre para el proyecto venezolano que inició el líder Hugo Chávez, desconociendo con un golpe militar su estado de derecho para buscar la recuperación de la dignidad nacional, guarda ya la clave para cualquier real posibilidad de bienestar en los territorios sudamericanos:
Esto únicamente podrá ocurrir con el renacer de una real nobleza en el comportamiento de nuestras autoridades, es decir, con la refundación cultural capaz de articular bajo un mismo lenguaje común a los pareceres de los ciudadanos sudamericanos y el conocimiento de salvaguardar sus destinos, actualmente a merced de las fuerzas de un mercado global que promueve migración, inversión, construcción de infraestructura e investigación científica exclusivamente en función de intereses de seguridad nacional extranjeros, dominados por las urgencias del triunfo en la guerra.
Una larga lista de enfrentamientos violentos y desacuerdos irresolutos, como diversos impulsos por redirigir el uso de las mercancías hacia un real provecho de su sociedad; en medio de quienes defienden las circunstancias particulares que respaldan el estado de derecho, y de quienes se inflaman en la certeza de que un cambio total de tal situación constituye la única esperanza de justicia, queda la gran mayoría de ciudadanos latinoamericanos que solo buscan algo de estabilidad para sobrevivir de la mejor manera entre la sobreproducción y la inflación del feroz mercado mundial.
El voluntario y espontáneo apoyo entre personas es la base de la economía de las grandes mayorías que sobreviven el caos que instauró la violencia colonizadora; por más frustrados que hayan sido los intentos de liderar una mejora social duradera, estos desarrollan, imperturbables, la narración de un clamor continental que aclara ya innegablemente valores eternos de la humanidad.
Aún se gesta en el continente una real nobleza de carácter que, rememorando el talante aristocrático que permitió ordenar previamente las tierras del incario, reúna el conocimiento para discernir justicia, verdad, bienestar, es decir, para construir una ley propia capaz de sobrevivir el paso del tiempo; hasta entonces, continuará el violento caos en búsqueda de la persona adecuada, el gran común de la gente, esencia de todo en la sociedad, imprime siempre estas exigencias a toda posible agrupación social pues están grabadas en nuestro cuerpo.
Dada esta condición general a lo largo de Sudamérica, la reaparición de una genuina nobleza y capacidad de mando se nos revela intrínsecamente unida al restablecimiento del entrelazamiento económico de los Cuatro Suyus, pues son territorios donde jamás podrá reinar el bienestar si no surge la aptitud para utilizarlos en beneficio comunitario de su gente, condición que, al depender de un real conocimiento de lo que es bueno y justo para la sociedad en general, ata este acontecimiento a la sincera preocupación por el establecimiento sólido de sus condiciones a lo largo y ancho de sus fronteras, las que se hallan indesligables de la producción global en este contexto de guerra, formado por la Guerra Fría.
En efecto, finalizando la Segunda Guerra Mundial con el establecimiento de solo tres grandes potencias mundiales, China, la U. R. S. S. y EE. UU., como únicos miembros permanentes del Consejo de Seguridad de ONU y con poder de veto, se emprendió una explícita persecución hacia las agrupaciones comunistas globalmente en una nueva disputa por la hegemonía mundial. La lucha por el mantenimiento de un modo de producción explotador y deshumanizante, heredero directo de milenios de esclavismo, afirmamos sin ambages, constituye el subtexto de toda guerra actual, en las que un imperio convaleciente no duda en agotar todas las energías de su complejo militar industrial por retener el poder.