Una guardia civil al servicio de la ciudadanía, no al mando de la corrupción
Jorge Perazzo
Las pandillas, organizaciones criminales, sicarios, mafias tienen controlado a la ciudad, a los ciidadanos y a la propia Policia. Pero si son efectivos para reprimir las protestas.
El 15 de octubre de 2025 volvimos a verlo: gases lacrimógenos lanzados a mansalva, perdigones disparados al cuerpo, manifestantes heridos, barrios enteros convertidos en zona de guerra.
La escena de violencia policial desenfrenada se repite pero nunca para resolver los problemas de seguridad ciudadana que fue uno de los motivos de la movilizacion. Y eso sucede porque nunca se atendió la verdadera herida de la institucion policial: la descomposición ética y civil por la corrupcion.
Mientras los gobiernos sucesivos insisten en “más recursos, más armas, más leyes”, el problema sigue siendo el mismo: una policía desinstitucionalizada, corrompida desde la cabeza y alejada de la sociedad que debería proteger.
1.- La corrupción no es un “desvío”, es el sistema
El 91,5 % de los propios policías reconoció en 2023 que la corrupción es estructural. (Documento oficial abajo). No son “malas manzanas”; es el árbol entero el que está podrido. Los generales viven en mansiones, conducen camionetas de lujo y envían a sus hijos a colegios privados con sueldos que no alcanzan ni para la matrícula. Esa voracidad se trasladó hasta la última comissaria: el superior roba gasolina, el subalterno cobra y perdona al transportista descuidado, el de abajo extorsiona al ambulante. La normalización es tal que el policía nuevo ingresa a la Comisaria y ya sabe que su supervivencia pasa por callar y olvidar. La disciplina policial-militar «obedecer sin cuestionar» sella la mordaza: denunciar es traicionar, y traicionar significa quedar fuera del sistema de protección mutua.
2.- De guardia civil a fuerza de ocupación
La Policía Nacional nació como Guardia Civil: un cuerpo civil, sin armas de guerra, que lo conocía cada vecino, medió en disputas vecinales, avisaba cuando jovenes iban por malos pasos y era recibido con refreso en la puerta de las casas. Hoy el reclutado llega a la academia y lo primero que le quitan es el nombre: se le rapa, se le grita, se le enseña a despersonalizar al “enemigo interno”. Los instructores son militares o asesores del FBI o Israel; la materia estrella es “control de multitudes”, no psicología comunitaria ni derechos humanos. Sale del curso-exprés sin haber comprendido la Constitución ni siquiera el reglamento de uso de la fuerza, pero sí sabe desarmar una movilización con tanquetas, perdigones y gases lacrimogenos. Se le ha convertido en un soldado de ocupación en su propio país.
3.- La inseguridad es un problema social, no una guerra
La delincuencia florece donde el Estado esta ausente: en los barrios sin agua, en los jóvenes sin escuela, en los desahuciados de la formalidad. Reprimir ahí es rociar gasolina al fuego. Mientras no haya políticas de apoyo social por ejm.: empleo, deporte, cultura, salud mental, etc. la policía seguirá siendo el parche que oculta la herida. Pero el parche está infectado: cada intervención violenta genera más odio, más rechazo, más refugio para el crimen. La sociedad no ve al policía como mediador, lo ve como amenaza; el policía, a su vez, no ve ciudadanos, ve “posibles sancionados”. El círculo vicioso se cierra.
4.- Reorganizar, sí, pero desde abajo y con la ciudadanía
La salida no es “más de lo mismo”, ni purga de la «cupula», ni la novena «reorganizacion». Se requiere una refundación civil, no una reestructura policial-castrense. Propuesta concreta:
– Congreso Ciudadano de Seguridad en cada distrito: vecinos, ronderos, municipalidades, colegios profesionales y policías de base y serenazgo eligen un consejo de seguridad local. Allí se definen los planes anuales, se fiscaliza el presupuesto y se evalúa al jefe de comisaría.
– Academia de Policía Civil, acreditada por la SUNEDU, con plan de estudios de tres años minimo: derechos humanos, psicología social, mediación de conflictos, trabajo con adolescencia, primeros auxilios, educación para la paz, técnicas de diálogo y desescalada. El 30 % de las horas se cursa en la comunidad, haciendo prácticas vecinales.
– Reclutamiento con filtro vecinal: la postulante debe presentar cartas de referencia de sus centros educativos, la iglesia o la junta vecinal, ronderos o de su comunidad y rendir entrevista pública ante el consejo local. Se prioriza historial de convivencia, no solo físico.
– Cadena de mando invertida: el capitán y el coronel siguen existiendo, pero su ascenso depende de la evaluación ciudadana y de sus pares de base. Un policía puede negar una orden ilegal sin ser sancionado; la protección del denunciante está blindada por ley.
– Desmilitarización inmediata: se retiran del arsenal gases, escopetas y perdigones; se prohíbe el entrenamiento con ejércitos extranjeros cuyo récord incluya violaciones de derechos humanos. La policía se integr a la comunidad y a la patrulla a pie, sin tanquetas en las protestas.
– Sueldo digno y transparente: se publica en línea la declaración jurada de bienes de todos los policías cada año. Se les paga lo suficiente para no justificar la coima, y se les premia con bonos comunales cuando el distrito baja sus índices de victimización.
5.- La alianza pueblo-policía: la disuasión que funciona
Una policía refundada de cara al pueblo no solo cambia de imagen: cambia el balance del poder en la calle. Cuando el vecino sabe que el patrullero está habitado por “la muchacha que ayudó a encontrar a mi hijo” o “el ciudadano que medió en pelea de vecinos”, el delincuente también lo sabe. El sicario, el extorsionador, el motochoro, el cobrador de piso, el padre que golpea a sus hijos, el borracho que rompe el parque: todos comprueban que hay una red de ojos vecinales que habla, que avisa, que graba, que acompaña a la víctima hasta la comisaría y vuelve a verificar que la denuncia no quede en nada.
La confianza se vuelve muralla invisible: el asaltante piensa dos veces antes de robar en una cuadra donde la abuela levanta la mano y el policía de base ya la saluda por su nombre; el adolescente que empieza a flirtear con el narcomenudeo encuentra un adulto uniformado que lo convoca al club de fútbol, no que le da cachetada o carajea en publico. La prevención deja de ser lema oculto y se transforma en tejido cotidiano, toma vida: la mamá que avisa del extraño merodeando el colegio, el mototaxista que pasa la voz del carro sospechoso, la mamá de familia que participa en la caminata de seguridad los viernes.
Esta alianza pueblo-policía es la disuasión más barata y más eficaz que existe: no requiere fusiles ni drones, solo credibilidad. Cuando la población está comprometida y la policía es vista como “uno más de la cuadra”, el delito se encarece: hay más testigos, menos impunidad, menos zonas grises donde esconderse. La reducción de riesgos y la mejora en la prevención solo serán posibles si esa unidad se vuelve cada vez más sólida, más cercana, más cotidiana.
6. ¡Empezar ya!
La refundación no necesita nueva ley orgánica; necesita voluntad política de ceder el control. Ni siquiera requiere fondos extraordinarios. El primer paso es devolverle la palabra al policía de base: que pueda sindicalizarse, que pueda decir “no” sin perder el pan, que pueda sentarse a dialogar con los manifestantes antes que gasearlos. El segundo es devolverle la palabra a la ciudadanía: que el vecino sepa que el uniforme que cruza su cuadra es el mismo que ayudó a encontrar a su hijo, no el que le disparó cuando salió a protestar por el gasolinazo.
Solo así la policía dejará de ser un ejército contra el pueblo para convertirse, otra vez, en la guardia civil que camina al lado del pueblo. De lo contrario, el 15 de octubre se repetirá cada mes, cada semana, hasta que la sociedad termine por no distinguir entre delincuente y uniformado. Y esa será la señal de que la institución, y no solo su imagen, habrá muerto.
ENCUESTA OFICIAL CENSO POLICIAL-DOCUMENTO FINAL 2023


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