Y como recuperar mi identidad
Por Jorge Perazzo, un relato en primera persona, ficcion creativa, que resume una aptitud emancipadora de utilidad para la reflexion de millones de provincianos en las ciudades urbanas atrapados en la narrativa de la clase dominante, acriticos, despojados de su identidad de clase y de su cultura originaria.
Confesión de un Provinciano Desarraigado
Durante años me pregunté: ¿por qué hago esto? ¿Por qué voto por Fujimori o Acuña o Lopez Aliaga cuando sé que sus políticas empobrecieron a mi familia? ¿Por qué admiro a empresarios millonarios cuando sé que se hicieron ricos saqueando mi región? ¿Por qué sueño con ser como ellos cuando sé que para serlo tendría que traicionar todo lo que soy?
Creía que era por ignorancia. Ahora entiendo que es algo mucho más profundo: me vaciaron de mi identidad y llenaron ese vacío con sus valores. Yo ya estaba perdido. Había olvidado quién era. Me habían vaciado.
Soy de la sierra, de la tierra que huele a lluvia y a esfuerzo. Durante mucho tiempo, yo también creí en el cuento. Aplaudí a los hombres de traje que llegaban de la ciudad en sus camionetas, los que hablaban de «progreso» y «éxito». Vote por ellos porque parecían fuertes, porque habían «llegado» desde abajo y medían la vida por lo que tenían, no por lo que eran.
El Principio: Cuando Éramos Nosotros Mismos
Recuerdo cuando era niño en mi comunidad. Mis abuelos me contaban historias de cuando recuperamos nuestras tierras de los terratenientes y los derrotamos con Velasco Alvarado. En esos tiempos éramos felices. Trabajábamos juntos, nos ayudábamos entre todos, nadie pasaba hambre, todos tenían su lugar.
Mi abuelo me decía: «Mijito, nosotros somos diferentes. Nosotros trabajamos juntos, no unos contra otros. Nosotros cuidamos la tierra, no la destruimos. Nosotros respetamos a nuestros mayores, no los botamos cuando ya no sirven.»
En esa época, cuando veíamos a los ricos de la ciudad, los veíamos como extraños. No los admirábamos. Los veíamos como a gente de otra cultura que tenía costumbres raras: botaban comida, maltrataban a sus trabajadores, no respetaban la naturaleza.
Yo tenía identidad propia. Sabía de dónde venía, qué valores me definían, cómo debía comportarme. Me identificaba con los cuentos, mitos relatados por mi madre que afirmaban mi modo de pensar.
Cómo me fueron quitando mi cultura
Pero poco a poco, las cosas empezaron a cambiar. Primero llegó la televisión al pueblo mas cercano. En ella veía familias «modernas» que vivían diferente: cada uno en lo suyo, comprando cosas nuevas, hablando en castellano «correcto», despreciando todo lo que oliera a «serrano».
En el colegio, los profesores – muchos también migrantes que querían blanquearse – nos decían que teníamos que «superarnos», que lo «tradicional» era atraso, que teníamos que «progresar» como las ciudades.
En la iglesia, el padre nos decía que nuestras costumbres ancestrales eran «supersticiones» y que teníamos que adoptar formas «civilizadas» de vivir. Sin darme cuenta, empecé a sentir vergüenza de lo mío.
La Migración Forzada: El Desarraigo Final
Llegó el momento en que ya no podía quedarme en mi pueblo. No por gusto, sino porque me obligaron las circunstancias:
- En el centro de salud no había medicinas, y cuando mi padre se enfermó, casi se muere por falta de atención
- Los precios que nos pagaban por nuestros productos eran una miseria
- Mis hijos no tenían acceso a educación adecuada y profesores de tiempo parcial.
- Los programas del gobierno solo llegaban a las ciudades
Me dijeron que para «progresar» tenía que irme a la ciudad. Que allí estaban las oportunidades, que allí estaba el «desarrollo», que allí mi familia tendría «futuro».
Poco a poco, fui perdiendo la conciencia de mi propia situación. Me hicieron sentir que mi cultura, mi comunidad, mi forma de vivir cooperando y no compitiendo, era algo del pasado, algo «atrasado».
Dejé mi chacra, mi comunidad, mis costumbres. Llegué a la ciudad como un desarraigado, sin conexión con mi origen, dispuesto a «adaptarme» a la cultura urbana para sobrevivir.
La Metamorfosis: Cómo Me Convertí en Otra Persona
En la ciudad tuve que cambiar para poder sobrevivir: Dejé de hablar quechua porque me miraban raro. Dejé de usar mi ropa tradicional porque me discriminaban. Dejé de practicar nuestras costumbres porque «no había tiempo». Dejé de pensar en términos comunitarios porque «aquí cada uno se defiende como puede».
Poco a poco, fui adoptando los valores de la cultura dominante urbana: Asumí su mensaje. «Si ellos pudieron, tú también puedes. Esfuérzate solo». Y me creí ese cuento, olvidando que yo vengo de un pueblo donde nadie se salva solo, donde avanzamos juntos o no avanzamos.
La Admiración por el «Éxito»
Como ya no tenía mis propios criterios de lo que era una «buena vida», empecé a usar los criterios que veía en la televisión, en los periódicos, en la calle:
- Éxito = tener dinero
- Inteligencia = hablar «bonito»
- Progreso = consumir más cosas
- Superación = dejar atrás lo «serrano»
Cuando veía a un empresario exitoso, ya no lo veía como explotador sino como modelo a seguir. Terminé adoptando otra identidad, otro comportamiento, otro pensamiento. Me vestí con ropa que no era la mía, adopté costumbres ajenas y hasta empecé a avergonzarme de mis raíces. Me vaciaron de mi historia y apenas la apreciaba de lejos, como un recuerdo bonito pero inútil. Mientras, ahí estaban ellos, llevándose nuestros minerales, enriqueciéndose con nuestra pobreza, y yo… ¡yo los aplaudía!
Me condenaron a migrar.
La gota que colmó el vaso fue la necesidad. ¿De qué me servía producir si no recibía un precio justo por mis cosechas? ¿Para qué quedarme si en mi pueblo no hay una posta médica digna, ni oportunidades para mis hijos? Fracasaba año tras año. Así que tomé la decisión que ellos querían que tomara: me fui a la ciudad.
Pensé: «Allá al menos podré morir mejor. Quizá con suerte, mis hijos alcanzarán ese ‘nivel’ que tanto venden». Me hicieron olvidar que ya habíamos sido felices. ¡Habíamos recuperado nuestras tierras de los terratenientes! Habíamos avanzado como comunidad, habíamos reforzado nuestros lazos. No fueron los terratenientes de antaño los que finalmente nos quebraron; fueron los nuevos poderes de la ciudad, los burgueses con sus discursos de progreso, quienes, queriendo o sin querer, nos obligaron a desarraigarnos. Nos quitaron el poder de ser autosuficientes.
Fue un despojo violento, sin opción porque perdimos el poder.
La Interiorización del Individualismo
Como ya no tenía mi comunidad que me respaldara, tuve que aprender a pensar solo en mí y mi familia nuclear. Y termine asumiendo sus propios mensajes: «Si fracaso, es mi culpa»; si no tengo dinero, es porque «no me esfuerzo»; si otros tienen más, es porque «son más inteligentes» y si quiero progresar, tengo que «competir contra todos».
Olvidé que en mi comunidad el éxito era colectivo, no individual.
La Aceptación de la Jerarquía
Como ya no tenía referentes de nuestras formas tradicionales de autoridad (basadas en servicio, rotación de cargos, democracia comunitaria), empecé a aceptar las jerarquías urbanas como «naturales»: Los ricos mandan porque «saben más»; los pobres obedecen porque «no estudiaron»; el que tiene más dinero tiene más derecho a opinar y, el que llegó «desde abajo» merece admiración.
Olvidé que en mi comunidad la autoridad se ganaba sirviendo, no acumulando.
El Voto Colonizado: Por Qué Voté Contra Mí Mismo
Con estos nuevos valores implantados, mi voto se volvió lógico pero autodestructivo:
Voté por los patidos y personas actualmente controlan los poderes del Estado porque…porque use un criterio individualista: «Son exitosos» y porque hacen obras pensando en un criterio utilitarista o sensillamente por que ern fuertes asumiendo como valor el autoritarismo o que habian estudiado en universidades asumiendo eso como merito.
No voté evaluando si sus políticas fortalecerían mi comunidad, mi barrio, mi provincia o si respetaría nuestra cultura, si protegería nuestras tierras. Voté con criterios de la cultura dominante que había adoptado.
Admiré a los empresarios porque se «hicieron solos», son «modernos» como tanto nos inculcaban y que podian generar empleo y terminaron haciendo precarios y sin derechos a todos.
No los evalué preguntándome si respetaban los principios del ayni, si cuidaban la Pachamama, si fortalecían las comunidades. Los admiré con los criterios del capitalismo que había interiorizado.
Acepté las políticas neoliberales porque así funciona en países desarrollados y adopte un complejo colonial y que los los técnicos saben autoconsiderandome inferior. Y lo peor: asumi que «no hay alternativa» como si fuera lo único posible y por tanto hay que «modernizarse».
No las evalué preguntándome si fortalecían los lazos comunitarios, si respetaban la reciprocidad, si protegían los bienes comunes. Las acepté con la mentalidad colonizada que había desarrollado.
El Despertar: Entendiendo la Trampa
Veo que el camino que seguí, el que nos venden como único, es un camino directo al desastre: a la inseguridad permanente, a la crisis continua y a la desesperación. Nos han hecho creer que nuestra cultura comunal es una reliquia, cuando en realidad es la única solución que siempre ha estado ahí, oculta bajo capas de mentiras y promesas falsas. Caímos en la trampa.
El primer paso para emanciparnos es entender esto: entender cómo llegamos aquí. Cómo nos convencieron de que dejar nuestra tierra y nuestra identidad por algo «mejor» y más «moderno» era progresar, cuando en realidad ha sido todo lo contrario.
…Es hora de dejar de aplaudir a quienes nos despojan…
Hay que recuperar el poder. No el poder de tener, sino el poder de ser. El poder de la comunidad. Retomar esas ideas que no son nuevas, que siempre han estado allí, en nuestra sangre y en nuestra memoria. Es hora de dejar de aplaudir a quienes nos despojan y empezar a construir con quienes, como yo, despiertan y recuerdan de dónde vienen.
La lucha ya no es por la tierra contra el terrateniente. Ahora es por nuestra identidad contra el olvido. Es contra la clase dominantes que me atrapó. Y esa, esa lucha sí que vale la pena. No había dejado atrás el «atraso». Había perdido mi identidad y había adoptado una identidad ajena que me convertía en cómplice de mi propia explotación.
La Revelación Dolorosa
Me di cuenta de que: En mi pueblo éramos pobres en dinero pero ricos en relaciones y en la ciudad tengo más dinero pero estoy más solo que nunca. En mi comunidad éramos protagonistas de nuestra historia y en la ciudad soy un número más en las estadísticas de otros.
Había canjeado una pobreza digna por una pobreza humillante.
La Comprensión del Mecanismo
Entendí cómo funcionaba el sistema:
- Primero me despojaron de mis tierras productivas con políticas que empobrecieron el campo
- Luego me obligaron a migrar prometiéndome «oportunidades» urbanas
- Después me desarraigaron culturalmente haciéndome sentir vergüenza de mi origen
- Finalmente llenaron mi vacío identitario con valores que me convertían en su sirviente
No era un proceso natural de «modernización». Era una estrategia de dominación.
La Decisión: Es Hora de Recuperar Mi Identidad
Ahora que entiendo cómo llegué hasta aquí, tengo que tomar una decisión: ¿sigo siendo el provinciano colonizado que vota por sus verdugos, o recupero mi identidad y empiezo a actuar coherente conmigo mismo?

@mxespaciolibre El pobre de derecha: el sueño prestado del neoliberalismo. Admira al opresor, desprecia a sus iguales y defiende al que lo explota. Sueña con riqueza, vive en precariedad, y hasta idolatra a evasores como Salinas Pliego. Mientras los ricos se hacen más ricos, él sostiene el sistema que lo oprime. Hasta que entienda quién es su verdadero enemigo, seguirá atrapado entre su miseria y sus aspiraciones prestadas. #PobreDeDerecha #Neoliberalismo #ConcienciaSocial #EspacioLibre ♬ sonido original – Espacio Libre México
Hay q recuperar nuestra identidad, hay que construir una patria para todos con justicia social y enterrar a este sistema capitalista.