El fenómeno político representado por Keiko Fujimori y Rafael López Aliaga en el Perú no es un evento aislado, sino la manifestación local de un patrón global descrito por el filósofo Byung-Chul Han (Surcoreano-Aleman). Al contrastar sus comportamientos electorales, actuaciones políticas y marcos ideológicos con los de figuras internacionales como Donald Trump y Volodímir Zelenski, se evidencia una caracterización funcional compartida: responden a un mismo proyecto de poder transnacional diseñado para preservar esquemas de dominación global en coyunturas específicas.

¿Por qué mandan los idiotas?
La versión peruana: Keiko Fujimori y Lopez Aliaga, o cómo el sistema produce a sus propios bufones
A partir de la tesis de Byung-Chul Han sobre Trump y Zelenski, aplicada a la realidad peruana. Ver video sobre Trump y Zelenski como referencia
I. La pregunta de Han
El filósofo Byung-Chul Han se hizo una pregunta incómoda que recorre el mundo: ¿por qué mandan los idiotas? Su respuesta, esbozada en sus análisis sobre Trump y Zelenski, no es una descalificación personal, sino una radiografía ética y política: estos personajes no llegan al poder a pesar de ser como son, sino por ser como son. No son accidentes del sistema. Son sus productos.
El idiota, en el sentido que usa Han, no es el que carece de inteligencia, sino el que carece de relación con la verdad y con el otro. Es el hombre-espectáculo que ha reemplazado al hombre pensante. Y aquí viene el truco: si cambiamos los nombres, si donde dice Trump ponemos a Keiko, y donde dice Zelenski ponemos a Lopez Aliaga, la descripción encaja con una precisión escalofriante. No es que se parezcan. Es que son el mismo tipo de personaje, reproducido por las mismas condiciones del sistema capitalista mundial, adaptado al escenario peruano.
II. El idiota como producto del sistema
Han sostiene que el capitalismo tardío no necesita estadistas: necesita animadores. El espectáculo absorbió la política entera. En la sociedad del entretenimiento, el pensamiento es lento, aburrido, no rentable; el gesto, en cambio, es rápido, viral, vende. El político-espectáculo no argumenta: posa. No dialoga: grita. No gobierna: performa.
El idiota que gobierna es, para Han, el espejo de una sociedad que ha dejado de pensar. El sistema produce ciudadanos cansados, entretenidos, enfurecidos pero desorganizados; y de ese mismo molde salen sus gobernantes. La posverdad no es una mentira del líder: es el ambiente en el que el líder y sus votantes se reconocen.
III. Keiko: el drama como método
Apliquemos la radiografía. Keiko es el tipo de político que Han describe con nitidez: un personaje escénico que convierte la política en serial televisivo. Su rasgo central no es un proyecto, sino una pose: la del sufrimiento. La víctima permanente que llora en público, que convoca a su público con la cadencia de una televangelista, que transforma cada proceso judicial en capítulo de telenovela. Han señala que el político-espectáculo necesita un gesto simple, repetible, emocionalmente cargado: para Keiko, ese gesto es el llanto indignado.
Pero bajo el drama opera la continuidad más rancia del modelo: la herencia del dictador convertida en marca familiar, el clientelismo refinado, la mano dura como promesa de orden para los pobres y de garantías para los ricos. Keiko juega a ser la madre que protege y la verduga que castiga, según la cámara. Como Trump, miente sin rubor y convierte la mentira en identidad: sus seguidores no creen sus afirmaciones, las adoptan, porque forman parte del personaje al que adhieren. Como Zelenski, convierte la victimización en capital político, presentándose simultáneamente como la perseguida y como la que perseguirá.
La hipótesis de Han se cumple: Keiko no engaña a la sociedad desde fuera; es lo que la sociedad del espectáculo merece y produce. Cuando una ciudadanía abandona el examen racional de los programas y se entrega a la emoción del relato, el personaje dramático tiene la victoria asegurada.
IV. Lopez Aliaga: la bravuconería como gesto de superioridad
Si Keiko es el drama, Lopez Aliaga es la pose. Han describe al político-idiota como alguien que sustituye el debate por la demostración autoritaria: el gesto de superioridad, la promesa de violencia administrada, la fantasía de orden impuesto a balazos. Lopez Aliaga encarna esto con fidelidad de manual: el hombre de negocios que promete machetear la delincuencia, que mima la figura del militar, que usa la religiosidad como uniforme, que habla de la ciudad como si fuera su empresa y de los pobres como personal problemático.
Para Han, este tipo de personaje es funcional al capital financiero por una razón precisa: destruye la política como deliberación y la reduce a administración de miedo. El bravucón no propone, intimida. No persuade, desafía. Su autoritarismo es una performance calculada para el clip de treinta segundos: el gesto de superioridad que el votante agotado y resentido consume como revancha simbólica. Como Trump, confunde la riqueza con virtud y la grosería con sinceridad. Como Zelenski, construye un personaje mediático que precede y reemplaza a cualquier programa de gobierno real.
Y aquí el matiz peruano que Han describe sin nombrarlo: en las periferias del sistema capitalista, estos personajes cumplen además una función colonial. Son las élites locales que administran la subordinación: garantizan al imperio la estabilidad del modelo, la apertura de los mercados, la represión del descontento, mientras ofrecen a la población el teatro de la firmeza. El poder financiero mundial no necesita en Lima ni en Kiev estadistas con pensamiento propio: necesita gerentes obedientes con buena telegenia.
V. Por qué el sistema los necesita
La tesis central de Han es que estos idiotas no son anomalías, son nominaciones del sistema. El capitalismo tardío requiere:
- La sustitución del pensamiento por la emoción. Un pueblo que piensa exige; un pueblo que siente aplaude o abuchea, pero obedece. Keiko Fujimori y Lopez Aliaga son técnicos de la emoción: miedo, indignación, esperanza instantánea.
- La destrucción de la verdad pública. La posverdad no perjudica al poder: lo libera de rendir cuentas. Cuando todo es opinión y nada es hecho, la corrupción deja de escandalizar y pasa a ser «una versión más».
- El orden autoritario como espectáculo. La mano dura prometida es entretenimiento para el ciudadano cansado de la inseguridad; la represión real, en cambio, se reserva para quienes amenazan el modelo. El gesto de superioridad sustituye a la política de raíz.
- La captura de la religiosidad y lo íntimo. Han advierte que el espectáculo coloniza lo íntimo. Lopez Aliaga religioso y Keiko materna son el mismo fenómeno: el personaje que invade el terreno de lo privado para venderse como familia, como fe, como refugio.
- El vaciamiento de las instituciones. El idiota en el poder necesita instituciones débiles, porque las instituciones serias lo delatarían. De ahí el ataque permanente al sistema judicial cuando lo investigan, y su uso clientelista cuando lo controlan.
VI. El espejo: una sociedad que ya no piensa
La conclusión más incómoda de Han es que los idiotas mandan porque una sociedad que ha abandonado la lectura y la conversación ya no puede reconocer el pensamiento, solo el gesto. La sociedad del cansancio y del entretenimiento produce votantes que eligen como eligen una serie: por el personaje. La sociedad de la ira produce el voto de la revancha: votar a Keiko o a Lopez Aliaga como castigo a un mundo que ya no se entiende.
Y aquí el mecanismo se cierra: los idiotas gobernantes refuerzan las condiciones que los producen. Desmantelan la educación («sin ideología»), desacreditan el pensamiento (opositores: antidemocráticos), premian la obediencia, entretienen, enfurecen, dividen. Así el círculo se autorreproduce.
VII. La réplica peruana: la explicación de nuestro presente
Mirado con esta lente, el ascenso de Keiko del 12% a rozar el 50% deja de ser un misterio y se vuelve lógica del sistema. Los medios concentrados, los bots, el dinero financiero, los aparatos clientelistas y la maquinaria del espectáculo construyeron el personaje, y la sociedad despolitizada lo consumió. Las evidencias de gobiernos anteriores: los fraudes internacionales, las relaciones con lo peor del mundo (camarilla Epstein-Trump), los ministros pidiendo facultades confesando de hecho no tener plan alguno salvo mantener la subordinación al imperio y al modelo neocolonial, no dañaron al personaje, porque en la posverdad el hecho ya no contradice al gesto.
VIII. La salida: lo contrario del idiota es el ciudadano
Si el idiota es el que no piensa ni dialoga, la respuesta no es otro espectáculo, sino la práctica opuesta a todo eso: la conversación, la organización, lo común. Han termina sus análisis apuntando a la necesidad de recuperar lo otro, lo negativo, la espera, la escucha: todo lo que el espectáculo ha destruido. En nuestro idioma y nuestro terreno: tocar puertas.
El antídoto frente a Keiko y Lopez Aliaga no es gritar más fuerte, sino construir lo que ellos no pueden construir porque les es funcional su ausencia: vecinos que se reúnen, padres que se organizan, juntas que fiscalizan, gente que vuelve a conversar cara a cara sobre el agua, la educación, la inseguridad, el costo de vida, y que descubre en esa conversación que sus problemas particulares son un sistema común que sí puede ser enfrentado.
El idiota reina donde la ciudadanía dormita. Despierta entonces la ciudadanía y que sea organizada, pensante, dialogante, asi el personaje se desinfla, porque el espectáculo solo funciona con público. Que se queden sin audiencia: esa es la tarea.
VER EN ANALISIS DE HAN REFERIDO A TRUMP Y ZELENSKI