MARX ANTI-COLONIALISTA

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¿Marx eurocéntrico? ¡Ay, si supieran lo que no han leído!

NdR:

Resulta curioso —y un poco triste— escuchar hoy a algunos, con aire de autoridad, sentenciar que “Marx era eurocéntrico”, como si hubieran leído más allá de El Capital o de los resúmenes de segundo año de sociología. Es como si alguien dijera que Cervantes solo escribió sobre molinos de viento porque no leyó sus cartas desde Argel… ¡pero es que Marx estuvo en Argelia!

Sí, el mismísimo Carlos Marx, viejo, enfermo, viudo y con el alma en duelo, pasó meses en el norte de África, escribiendo cartas a Engels y a sus hijas no solo sobre su tos o su nostalgia, sino sobre el colonialismo francés, sobre la resistencia argelina y sobre cómo el imperio aplastaba a los pueblos con la misma lógica que aplastaba al obrero en Manchester.

Pero claro, eso no sale en los manuales. Porque durante décadas, los editores europeos —sí, esos mismos que hoy se rasgan las vestiduras por la “diversidad”— se encargaron de publicar solo lo que les convenía: el Marx del modo de producción capitalista, el Marx de la fábrica, el Marx del proletariado industrial… y guardaron bajo llave, en archivos polvorientos, sus cuadernos sobre América Latina, sobre la comuna inca, sobre los mayas y los aztecas, sobre la India bajo el yugo británico, sobre el “estado narco” que Inglaterra impuso en China con opio a punta de cañón.

¡Ah, pero no! —dicen algunos—, “Marx no entendía a los pueblos originarios”. ¿De veras? ¿Y qué hacen entonces sus Cuadernos etnológicos de 1879, donde copia y reflexiona con admiración sobre las formas comunitarias de vida en América, en África, en Asia? ¿Y qué es ese Cuaderno 14, escrito en el Museo Británico en 1851, donde recopila todo lo que encuentra sobre el colonialismo, como si fuera un activista del Sur Global disfrazado de filósofo alemán?

Lo cierto es que Marx no podía abarcarlo todo. Vivía en el siglo XIX, en una Europa que era el epicentro del capitalismo industrial emergente. Era lógico —¡hasta obvio!— que dedicara su obra principal al análisis de ese sistema. Pero eso no significa que ignorara al resto del mundo. Al contrario: lo estudiaba con pasión, con rigor, y con una empatía rara en su época. Defendió a Benito Juárez contra las invasiones europeas. Denunció el saqueo de la India. Se indignó con la trata del opio en China. Y en sus últimos años, lejos de cerrarse en sí mismo, abrió su pensamiento a las formas no capitalistas de organización social, viendo en ellas no “atraso”, sino posibilidades alternativas.

El problema no es Marx. El problema es que muchos hablan de él sin haber leído más que lo que otros les contaron… y lo que otros les contaron fue solo una parte, cuidadosamente seleccionada por una tradición marxista demasiado europea, demasiado urbana, demasiado ciega a las luchas del Sur.

Hoy, gracias al trabajo de investigadores como Néstor Kohan y a ediciones recientes —¡algunas ni siquiera disponibles en Cuba ni en Venezuela!—, estamos descubriendo un Marx distinto: no el profeta de una revolución única y universal, sino un pensador plural, atento a las especificidades históricas, respetuoso de las comunidades originarias y profundamente anticolonialista.

Así que, la próxima vez que alguien diga que “Marx no entendía al Tercer Mundo”, pregúntenle, con toda la dulzura del mundo:
—¿Perdón, pero has leído los cuadernos de Marx sobre Argelia? ¿Sobre los incas? ¿Sobre el colonialismo en China?
Y prepárense para el silencio incómodo… seguido de un “ah, bueno, no sabía”.

Porque sí, Marx vivió en Europa. Pero su mirada, su indignación y su solidaridad viajaron mucho más lejos. Solo que a algunos les ha dado pereza seguirlas.

LOS ESCRITOS DE MARX SOBRE LAS COLONIAS

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