La política sicótica del poder occidental

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Entre la hegemonía en decadencia y la represión del despertar popular

Jorge Perazzo

El rostro sicótico del poder: cuando la política se convierte en obsesión destructiva

Trump no es una anomalía. Es la cara visible de un síndrome que ha infectado las democracias occidentales: la psicopatía política como respuesta desesperada al colapso de la hegemonía imperial. Cada sanción que impone, cada amenaza que profiere, cada país que intenta destruir no es política exterior—es terapia de grupo para un establishment enloquecido por perder el control global que disfrutó durante siglos.

…convierte a sus víctimas en victimarios para justificar su propia violencia….

El comportamiento es siempre el mismo: primero te acusan del crimen que ellos cometen. Irak tenía «armas de destrucción masiva» que no existían mientras Estados Unidos acumulaba 5.000 cabezas nucleares. Rusia es el «agresor» mientras la OTAN rodea sus fronteras con bases militares. China «amenaza la seguridad» mientras el complejo industrial-militar estadounidense gasta más en defensa que los siguientes 10 países combinados. Este es el lenguaje proyectivo del psicópata: convierte a sus víctimas en victimarios para justificar su propia violencia.

La psicopatía se vuelve endémica cuando se contagia. Los líderes europeos repiten como loros el mantra del miedo: «Rusia nos invadirá mañana». Su población, ya diezmada por la austeridad, acepta reducir pensiones y aumentar la edad de jubilación para comprar tanques contra un vecino que nunca los atacó. Es el mismo trastorno que llevó a Milei a vender Argentina por pedazos, convencido de que la libertad significa entregar el país a especuladores internacionales mientras sus ciudadanos mueren en las listas de espera hospitalaria. El psicópata político no gobierna, saquea.

…»O estás conmigo o estás contra mía»…

El mecanismo es siempre el chantaje emocional: «O estás conmigo o estás contra mía». Trump lo dice abiertamente: «sanciono a tu país hasta que dejes de comerciar con China o con Rusia». La Unión Europea lo practica con sadismo refinado: Polonia debe comprar nuestros tanques usados y gas licuado al triple del precio ruso «por seguridad». Australia debe arruinar su economía agricultora «defendiendo valores» contra su principal socio comercial. Cada aliado se convierte en rehén de la locura colectiva, obligado a dispararse en el pie para demostrar lealtad al enfermo que lidera.

La psicopatía alcanza su apogeo cuando el paciente ya no distingue entre daño propio y daño al otro. Trump impone aranceles que destruyen la economía estadounidense mientras proclama «¡Estamos ganando!». Europa se priva del gas ruso y celebra mientras sus industrias cierran y sus ciudadados congelan. Es el síndrome de Münchausen geopolítico: provocan crisis para sentirse importantes, destruyen para «salvar», crean enemigos para justificar su existencia parasitaria.

…No buscan drogas—buscan venganza contra quienes demostraron que se puede resistir…

Venezuela y Cuba representan lo que el psicópata más odia: víctimas que se niegan a seguir siéndolo. Por eso la flota estadounidense merodea el Caribe con la misma obsesión con que el acosador acecha a quien lo rechazó. No buscan drogas—buscan venganza contra quienes demostraron que se puede resistir, que las sanciones pueden fallar, que hay vida después del imperio. Cada día que estas naciones resisten es una acusación viviente contra el mito de la invencibilidad occidental.

El peligro mayor es que esta psicopatía se ha vuelto contagiosa socialmente aceptable. Los medios llaman «realista» a la locura nuclear. Los «expertos» justifican el hambre inducida por sanciones como «diplomacia». Los líderes europeos criminalizan la protesta como «populismo» mientras aprisionan a opositores bajo leyes «antiterroristas». Han resucitado el anticomunismo como vacuna contra la conciencia: cualquiera que defienda soberanía nacional es «extremista», cualquier protesta contra la austeridad es «populismo peligroso», cualquier alternativa al saqueo neoliberal es «autoritarismo».

Pero el psicópata comete siempre su error fatal: subestima el instinto de supervivencia de sus víctimas. Mientras más intensos se vuelven los ataques, más rápido se expande la conciencia de que el verdadero enemigo no es China, Rusia o Venezuela—es el sistema que produce estos líderes enloquecidos. Cada sanción absurda, cada amenaza nuclear, cada intento de destruir economías enteras acelera el despertar colectivo.

…la salud mental colectiva comienza cuando dejas de bailar al ritmo de los enfermos que te gobiernan…

Trump no es el problema—es el síntoma terminal de un sistema que ya no puede funcionar sin saquear, sin destruir, sin crear enemigos. La psicopatía política occidental no es una estrategia, es la agonía de un paradigma que se niega a morir dignamente. Mientras sus líderes se enloquecen tratando de restaurar un imperio que ya no existe, el resto del mundo está aprendiendo la lección más importante: la salud mental colectiva comienza cuando dejas de bailar al ritmo de los enfermos que te gobiernan.

La verdadera política del futuro no será la del psicópata que chantajea y destruye, sino la del sobreviviente que construye alternativas mientras el enfermo se auto-destruye. Venezuela resiste y mejora. Cuba sobrevive y crece. Nicaragua resiste y progresa. China prospera a pesar del bloqueo. Rusia se reindustrializa bajo sanciones.

Cada día que pasa sin el imperio es una demostración de que la locura colectiva occidental no es invencible es simplemente la última fase de un paciente terminal que arrastra a sus aliados en su caída.

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