Y olvidamos los principios de una ciudad viva de las culturas ancestrales
Por Jorge Perazzo, Escribo esta reflexion despues de releer la investigacion de Adine Gavazzi, arquitecta suiza visitante en Peru que muestra, a partir de las huacas de Lima, las caracterristicas de la planificacion urbana de las culturasl ancestrales en Lima. Estas fueron destruidas por los colonizadores antiguos y actuales imponiendo una cultura de diseño urbano a la medida de los colonizadores llamadas por los planificadores de ayer y hoy como «la moderniad urbana», Si queremos entender el caos urbanistico de Lima y como resolverlo necesariamente tenemos que encontrar las raices del problema.

La herencia que no quisimos ver
Las culturas prehispánicas que habitaron Lima y otras ciudades andinas diseñaron territorios que hoy asombran a los investigadores. Eran sociedades que no solo construían templos y canales: planificaban integralmente el territorio, combinando ecología, vida comunitaria y espiritualidad. Como ha demostrado la arquitecta e investigadora Adine, esas ciudades estaban pensadas como organismos vivos: policéntricas, adaptadas al clima, sostenibles y organizadas para la cooperación.
Sin embargo, esa riqueza cultural fue arrasada. La colonización española impuso un modelo urbano europeo —plazas mayores, trazado ortogonal, jerarquías rígidas— que consideró “atrasado” todo lo que existía antes. Huacas demolidas, canales abandonados y comunidades desplazadas dieron inicio a un patrón que hasta hoy sufrimos: centralismo, hacinamiento, inseguridad, segregación y caos urbano.
La urbanización actual en Perú se basa en principios coloniales que llegaron con los conquistadores, quienes vieron en nuestras ciudades prehispánicas un símbolo de paganismo y «atraso». Destruyeron lo que había y lo reemplazaron con un modelo foráneo. Este desprecio por el conocimiento local ha continuado hasta hoy. Los planificadores y urbanistas, formados en escuelas que siguen la lógica occidental, ignoran sistemáticamente los aportes de nuestras culturas ancestrales, considerándolos irrelevantes.
Ciudades que respiraban con la naturaleza
Antes de la llegada de los conquistadores, Lima no era la capital desbordada y contaminada que conocemos. Era un territorio articulado por huacas, caminos y canales que no solo cumplían funciones espirituales, sino también productivas y sociales. Las ciudades eran policéntricas: varios núcleos se repartían el peso poblacional y productivo, evitando la presión sobre un solo centro.
Los ayllus —organizaciones comunitarias basadas en la reciprocidad— eran el soporte social de este urbanismo. En ellos, la planificación no era un acto técnico reservado a élites, sino un proceso colectivo, que integraba saberes astronómicos, hidráulicos y agrícolas. En pocas palabras: nuestras ciudades ancestrales respiraban con la naturaleza y con su gente.
Este diseño permitía que la ciudad no colapsara sobre un solo punto. No había necesidad de que todos se desplacen hacia un mismo centro para trabajar, administrar o celebrar. La ciudad respiraba por muchos pulmones a la vez.
De la ciudad integral a la urbe insostenible
Con la colonia llegó la ruptura: un modelo que veía el territorio como botín, no como hogar. El trazado cuadriculado y centralista, útil para controlar y extraer riquezas, anuló el policentrismo y convirtió a Lima en una ciudad hiperconcentrada, dependiente y segregada. Ese modelo, replicado en casi todas las urbes del Perú, es la raíz de nuestros problemas actuales: transporte colapsado, expansión desordenada, inseguridad y contaminación extrema.
La llamada “modernidad neoliberal” no corrigió este rumbo, sino que lo profundizó. La lógica liberal de crecimiento sin límites, basada en el consumo y la especulación del suelo, terminó de sepultar el legado ancestral de sostenibilidad y equilibrio. El resultado: ciudades estresantes, precarias y vulnerables frente al cambio climático.
Recuperar la memoria para salvar el futuro
Hoy, mientras urbanistas y planificadores buscan soluciones desesperadas al caos urbano, las investigaciones de Adine y de otros especialistas recuerdan algo fundamental: ya teníamos respuestas en nuestro pasado. Los sistemas hidráulicos que garantizaban agua en el desierto limeño, el policentrismo que evitaba la congestión, la participación comunitaria que cohesionaba a la población… todo ello son lecciones olvidadas por el mito de la modernidad.
Revalorarlas no significa volver al pasado, sino aprender de él. Incorporar la sabiduría ancestral a la planificación urbana actual es clave para construir ciudades sostenibles, inclusivas y resilientes. De lo contrario, seguiremos atrapados en un modelo heredado de la colonia que no solo es injusto, sino inviable.
El desafío es abrir los ojos: nuestras culturas originarias ya nos enseñaron a habitar el territorio en equilibrio. El error ha sido ignorarlas. Hoy, frente al colapso urbano, el camino más moderno podría ser, paradójicamente, volver a escuchar a los ancestros.
La tragedia de nuestras ciudades es el resultado directo de este olvido provocado. Al desechar nuestra propia historia y nuestros valiosos aportes culturales, hemos adoptado un modelo de desarrollo que nos ha llevado al hacinamiento, la inseguridad y la contaminación.