La revolución de los ayllus

Luis Sánchez

Cincuenta años han pasado para que los hombres y mujeres que la revolución peruana liberó el 24 de junio de 1969, llegaran a la capital este 19 de enero; a la horrible Lima de los acomodos, desde donde el derecho de los peruanos a gobernarse no se suelta ni se comparte.

No fue suficiente aquel acto del general Velasco. Hacía falta usar esa libertad para corregir la patria. Toma tiempo hacerlo con responsabilidad, sobre todo cuando los lenguajes incomunican, las ciudades son hostiles, los racismos campean sin vergüenza, los urbanos se repiten en testarudas costumbres coloniales.

Pero la gente de los ayllus del Perú, que en otro tiempo gobernaron exitosos entre el Cusco y Cajamarca lo vienen logrando. Su llegada a Lima desde los cuatro suyos de los territorios del incario, tiene el aliento de una fuerza que reinicia la historia, extirpa las heridas, apunta a reequilibrar el orden.

La fuerza sanación que hace falta

Lima, la de los caballeros de inevitable abolengo, de las aristocracias a destiempo, de los rentistas impenitentes, de los apegados al favor extranjero, de las derechas recalcitrantes, debería recibirlos con alivio y algo de humildad fraterna.

La gente de los ayllus del Perú llega para reclamar por el atropello contra un presidente elegido por el pueblo; pero sobre todo para intentar sanear la república con una enorme cuota de dignidad y lealtad a la promesa del Perú como nación de todos que se trae de las provincias.

Vienen queriendo salvarnos a todos -a forajidos, a nativos e invasores- del lacerante racismo que durante siglos marcó la división entre peruanos. Buscan librarnos de la mentira oscurantista a la que nos someten los medios de la capital a diario. Traen el ánimo de frenar las trampas de los poderes abiertos y encubiertos que todo este tiempo sabotean con mil tretas los propósitos de la república y no dejan que los peruanos se gobiernen.

Vienen para querer librarnos sin dobleces de la maldición del engaño y la corrupción en el gobierno que un día funesto inauguró Francisco Pizarro, y desde Lima se siguió difundiendo.

Lo que se vive en el Perú desde el 7 de diciembre en que Castillo fue despojado del gobierno con ardides e inconstitucionalidades, es, incuestionablemente, una revolución liberadora cuya gran confluencia se dio el jueves 19 de enero. Una revolución que hace honor a Tupac Amaru, Mateo Pumacahua, Juan Bustamante, Atusparia, Rumi Maqui y a todos los nativos que aportaron para librar al país de sus demonios.

Una rebelión democrática

La rebelión devuelve la dignidad a la gente del Perú, denuncia las arbitrariedades que se comente en el gobierno de la república, e intenta recomponer el país histórico con la energía de la gente sencilla. Eso hace que sea una revolución auténticamente democrática, por lo que Lima también tendría que celebrar.

La rebelión de los pueblos del Perú llega a Lima no para deshacer la república, sino para devolver el valor a las palabras democracia, Constitución, estado de derecho, voluntad del pueblo, república peruana, que los escribas de Lima repiten por varios siglos, sin aquilatar su trascendencia.

La gente exige el cierre del Congreso convertido en un poder ilegítimo por vacar al presidente contra lo autorizado por la Constitución, e intentar convertirse en poder constituyente. Pide también la renuncia de la Sra. Dina Boluarte por prestarse a la maniobra golpista y dejar que medio centenar de peruanos hayan sido masacrados en las calles por policías y militares que actúan al margen de la ley.

Demanda contar con una Constitución auténtica que ponga fin al texto fraudulento fraguado con el golpe del 5 de abril de 1992, y establezca un acuerdo sincero entre los peruanos de todas las regiones del Perú.

Con ello los ayllus están probando que entienden bien la república, la Constitución, la democracia del pueblo, y la defensa de los intereses de la patria, como no lo hacen las castas de la política capitalina, descaradamente arrejuntadas – apristas, fujimoristas, belaundistas, militares fascistas y mafias de varios calibres- para asesinar a la gente y ponerse una vez en contra del Perú milenario.

Maldades al descubierto

Mienten sin piedad, por eso, o se equivocan, los que dicen que detrás de esta masiva protesta se mueve “sendero luminoso” o algún otro logo enigmático. Sendero fue el engendro patentado en sus inicios por Abimael Guzmán, a la larga convenientemente utilizado por inteligencias maquiavélicas para sembrar el caos en el país, masacrar a las comunidades quechuas y acusar a la izquierda con el pretexto infalible de llamarlos terroristas. Estas tres cosas se lograron.

A continuación, Fujimori y sus auspiciadores prepararon el golpe de abril del 1992 con el que se trajeron abajo la Constitución de 1979, y el país volvió a su carril extranjerizado de siglos, con el añadido de la corrupción neoliberal de la que todavía no sale.

Desde entonces “sendero luminoso” se volvió el anatema perfecto para demonizar a las izquierdas y acusar de “terrorista” a todo el que cuestiona las ventajas al capital transnacional, el gobierno de las mafias, la privatización innecesaria de los recursos naturales, o las libertinas aventuras de los oficiales de la Marina en la zona del VRAEM.

El guion se quiso usar para impedir el triunfo de Castillo, con 14 víctimas en el distrito de Vizcatán, en mayo del 2021, en el haber de “sendero” y asesinos uniformados hasta hoy impunes. Desde su inteligente instalación en la Base Naval, Vladimiro Montesinos ha seguido digitando a “sendero luminoso” y al MOVADEF, alimentando el odio febril de los militares fascistas y del fujimorismo de tropa que creen en todo lo que les cuenta.

En estos días “sendero” es usado para querer desacreditar la protesta legítima de la gente de las regiones que llega a Lima en defensa de la verdad, la dignidad y el sentido de patria. La estratagema se repite, pero ya no funciona.

En busca de la república peruana

Se equivocan también quienes creen que la protesta es un asunto de izquierdas, derechas o centros. En el fondo, es el conflicto entre los herederos de la nación peruana y los advenedizos. Entre quienes se aferran al oro de Pizarro y los que desde 1536 luchan por recuperar la patria que desde entonces dejó de ser libre para los peruanos.

Entre quienes creen en la posibilidad de una república consagrada al interés nacional y al bienestar de todos los peruanos, o una patria sometida a las maniobras extranjeras, con golpes, constituciones fraudulentas, partidos entreguistas, militares y almirantes sin bandera.

Los ayllus que se movilizan tienen conciencia de esto. En su momento estos pueblos del Perú construyeron la alianza más admirable del continente andino-americano. Podrían hacerlo de nuevo, si se deciden a dejar de imitar los vicios de los conquistadores y son capaces de recuperar las grandes virtudes de los incas, de Manco Cápac, Pachacutec o el gran Huayna Cápac.

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