SOBRE LA IDENTIDAD ¿Quiénes somos realmente?  

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¿Recordamos de donde venimos?… ¿lo recordamos?

Jorge Perazzo, reflexion basado en las 12 tesis emancipadoras

Hace siglos, nuestros abuelos sabían quiénes eran. Hablaban su idioma, cantaban sus canciones, curaban con plantas, educaban a sus hijos según sus propias leyes y celebraban la vida con rituales que conectaban el cielo, la tierra y el corazón. Pero llegó un día en que alguien les dijo que todo eso estaba mal. Que su lengua era atrasada. Que sus dioses eran falsos. Que su piel, su sangre y su historia eran vergüenza. Y poco a poco, fueron olvidando.

No fue un olvido natural. Fue una colonización mental: un proceso silencioso, profundo y brutal que nos hizo sentir extraños en nuestra propia tierra. Nos enseñaron a avergonzarnos de nuestros abuelos y bisabuelos. A reírnos de nuestras propias tradiciones. A creer que éramos «menos» porque no éramos como ellos: los que llegaron a imponer su idioma, su religión, su economía y su forma de ver el mundo.

¿Qué significa perder la identidad?

Perder la identidad no es sólo olvidar una lengua o dejar de usar un traje típico. Es perder la brújula del alma. Es caminar por la vida sin saber de dónde venimos, ni para dónde vamos. Es sentir que no pertenecemos a ninguna parte. Es mirar nuestro rostro en el espejo y no reconocer la historia que llevamos en la piel.

Cuando una persona no sabe quién es: Se compara constantemente con otros y se siente inferior; tiene baja autoestima, porque no valora su propia raíz; es fácil de manipular, porque no tiene criterio propio: no defiende su tierra, porque no siente que sea suya; no transmite nada a sus hijos, porque no tiene qué contar.

Y cuando una sociedad entera pierde su identidad, ocurre algo aún peor:  

Se convierte en una masa sin memoria, sin rumbo, sin orgullo. Una sociedad que no respeta a sus mayores, que no valora su cultura, que no defiende su territorio. Una sociedad que vive como turista en su propia tierra, tomando fotos del pasado como si fuera un paisaje bonito, pero sin entender que ese pasado somos nosotros.

¿Cómo perdimos nuestra identidad?

No fue solo con armas. Fue con libros, escuelas, iglesias, leyes, televisión, moda y lenguaje. Nos dijeron que nuestra forma de vivir era «primitiva». Que nuestras creencias eran «supersticiones». Que nuestra lengua era «dialecto». Que nuestros ancestros eran «salvajes».

Y así, generación tras generación, fuimos olvidando. Fuimos cambiando nuestros nombres. Fuimos negando nuestra sangre. Fuimos callando nuestras historias. Hasta que un día, ya no supimos quiénes éramos.

Las consecuencias de este olvido

Desarraigo: No sentimos que pertenecemos a ningún lugar.

Crisis de valores: No sabemos qué está bien y qué está mal, porque perdimos nuestros códigos.

Dependencia cultural: Creemos que todo lo bueno viene de afuera.

Pérdida de creatividad: No creamos, solo copiamos.

División social: Nos peleamos entre hermanos, porque no sabemos que somos parte del mismo pueblo.

Vergüenza ancestral: Nos da pena decir «mi abuela hablaba quechua» o «mi bisabuelo era aimara».

¿Y ahora qué? ¿Estamos condenados a desaparecer?

Noooo. Porque la identidad no se pierde del todo. Está ahí, dormida, en la sangre, en la memoria del cuerpo, en los sabores, en los sueños, en la forma en que abrazamos, en la manera en que lloramos, en la música que nos hace llorar sin saber por qué.

Recuperar la identidad no es volver al pasado. Es reconectar con nuestra esencia, para construir un futuro que sea nuestro, no una copia barata de otros.

¿Cómo recuperar nuestra identidad?

Escuchar a los mayores: Que nos cuenten sus historias, sus nombres, sus dolores, sus alegrías. Aprender nuestra lengua: Aunque sea una palabra al día. Porque en cada palabra hay un mundo.

Reconocer nuestra tierra: Saber de dónde venimos, qué plantas crecen, qué ríos pasan, qué montes nos protegen.

Valorar nuestros símbolos: No son «folclore». Son códigos sagrados que hablan de quiénes somos.

Educar con orgullo: Enseñar a los niños que su historia no comenzó con la conquista, sino que su pueblo ya existía, y tenía leyes, ciencia, arte, filosofía y espiritualidad.

No tener miedo: El miedo nos hace callar. El miedo nos hace negar. El miedo nos hace olvidar. Y ya basta de miedo.

¿Y qué hacemos con lo “moderno”?

No hay que tirarlo todo.  Podemos usar la tecnología, aprender otros idiomas, leer otros libros, escuchar otras músicas. Pero sin perder nuestro centro. Sin dejar de ser nosotros.

No se trata de aislamos. Se trata de no dejarnos borrar.  Podemos hablar español, portugués o inglés, pero sin olvidar el quechua o el aimara o cualquiera de las decenas de lenguas amazónicas. 

Podemos usar celulares, pero también saber que nuestros abuelos leían las estrellas como nosotros leemos pantallas.  Podemos vestir como queramos, pero sin avergonzarnos del poncho, de la pollera y del sombrero originario.

Un mensaje para las nuevas generaciones

Ustedes no son «modernos» por olvidar.  Ustedes son fuertes cuando recuerdan.  Ustedes no son «progresistas» por negar su pasado.  Ustedes son libres cuando eligen ser quienes son.

No se dejen engañar:  No solo eres ciudadano del mundo. Eres hijo de tu tierra.   No eres solo individuo. Eres parte de un pueblo.  No eres producto. Eres historia viva.

EL DERECHO A LA IDENTIDAD

Recuperar la identidad no es un lujo. Es un derecho.  Es una forma de resistencia.  Es una forma de sanar.  Es una forma de vivir con dignidad. Porque no se trata de ser mejores que otros.  Se trata de dejar de ser menos que nosotros mismos.

¿Y ahora, qué hago yo?

Empieza hoy.  Pregúntale a tu abuela cómo se llamaba su abuela.  Busca tu apellido original.  Aprende una palabra en tu lengua originaria.  Visita tu pueblo.  Pregunta. Escucha. Guarda. Cuenta.  

No tengas prisa. Pero no te detengas. Porque recuperar la identidad no es un destino. Es un camino emancipador.  Y ese camino empieza con una sola pregunta: ¿Quién soy yo, realmente?

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