…de millones de descontentos que mantienen la esperanza y el sueño de liberación

Tocando puertas
La tarea urgente de cada militante revolucionario frente al imperio de la distracción, el miedo y la resignación que impera
La ciudadanía dormida
La ciudadanía ha sido desposeída de su rol de ciudadano y político. Los grandes medios de comunicación, sometidos a los intereses del poder económico, han convertido la información en entretenimiento y el entretenimiento en anestesia. Mientras la pantalla ocupa cada minuto libre, la gente deja de ser sujeto político y se convierte en espectador. Y un espectador no organiza, no exige, no transforma: solo consume.
Las personas atraviesan hoy un malestar difuso. La violencia que jala a los jóvenes, la inseguridad ciudadana y sus causas profundas, el costo de vida que sube día a día, la corrupción que se ha normalizado hasta volverse «costumbre»: todo esto se conversa en las casas, en la mesa familiar, en la comunidad, en el pasillo del edificio. Empleos pocos y precarios; el transporte infernal y cada vez más caro son temas del día a día. Pero esa conversación no se convierte en organización. Permanece como descontento individual, como resentimiento privado, como resignación.
El miedo y la corrupción normalizada
Hay algo más grave que la corrupción misma: su aceptación. Cuando la gente dice «¿y qué se va a hacer pues? ¡eso es lo que hay!», cuando pagar una coima al policía o al funcionario municipal se vuelve trámite y no escándalo, significa que la ética pública ha muerto en el sentimiento común. No hay repulsa organizada; hay adaptación individual. Cada uno se salva como puede, y en ese «sálvese quien pueda» la derecha encuentra su terreno fértil.
Porque la derecha no organiza: clienteliza. Llega, reparte regalos, polos, aporta a un comedor popular, y no adhiere a la gente a su propia organización sino a una figura caudillista, paternalista. Genera dependencia, no conciencia. En paralelo criminaliza a opositores abiertamente y descalifica las disidencias. Crea miedo y temor. Compra adherencia electoral. Organiza adeptos.
Lo concreto contra lo general
El error de la izquierda en estos años ha sido hablar de lo general sin tocar lo particular. Como si redactar más y más programas antiimperialistas nos hiciera más radicales y generara más conciencia. No es así. La gente no radicaliza por eslogan: radicaliza por vivencia. No se llega a la conciencia nacional saltándose lo local, sino partiendo de lo local para construir lo nacional.
Los temas generales que usamos para movilizar la militancia: la democracia, el modelo neoliberal, el imperio, son importantes para población ilustrada políticamente, no bastan para el poblador si no pasan por la puerta de la casa. En cambio, lo que sí moviliza es aquello que el vecino sufre cada día:
- El agua o la luz que sube de precio, y cómo se vincula con las privatizaciones, la gestión privada, pública y el modelo neoliberal.
- La papa y granos andinos que encarece, y su vínculo con la destrucción del mundo rural andino.
- El aceite, soya y trigo que sube y se importa y su causa básica: la dependencia alimentaria que crece ante la ausencia de una reforma agraria que potencie nuestra agricultura andina.
- El bullying que crece en los colegios, y su vínculo con la violencia estructural de un sistema que aplasta a los débiles y premia la impunidad.
- La delincuencia juvenil, que no es consustancial al ser humano sino generada por una sociedad que transmite la violencia desde arriba.
- El dinero municipal, millones de soles, que la población no conoce y que no debe esperar a las elecciones para ser auditado, sino ser asunto permanente de vigilancia vecinal.
El método: conversar, organizar, transformar
¿Qué hay que hacer? Algo antiguo que hemos olvidado: tocar puertas. Recuperar la conversación, la comunicación directa, el habla cara a cara con los vecinos sobre los mismos temas que ya se conversan dentro de cada familia. No con el afán de darles una dirección o un eslogan, sino de escuchar, discutir y organizar en torno a lo concreto.
Los instrumentos ya existen o pueden promoverse y crearlos: las juntas de vecinos, las comunidades rurales, las asociaciones barriales y de cada edificio, los comedores populares, los comités de padres de familia recuperando su vigencia original: velar por la salud física y psicológica de los alumnos, los comités de madres, las rondas, las comunidades campesinas.
Muchas de estas organizaciones existen históricamente, otras nacieron de la defensa de un caso concreto, pero la mayoría está sometida hoy a la dominación del poder local, municipal o de los partidos de derecha, que las utilizan clientelistamente. Ahí está nuestra responsabilidad fundamental: construir la presencia activa y transformadora en el interior de esas organizaciones, frente a la intervención paternalista, regalista y populista de la derecha.
Los FRENTES PATRIÓTICOS, DE DEFENSA, VECINALES o como se denominen asentados en una zona o territorio rural o urbano definido es exactamente esto: una fuerza ciudadana que incorpora a la gente a la ciudadanía real, que la examina en sus derechos y obligaciones, que la organiza y que forma cuadros de resistencia y defensa de sus justos derechos, su cultura y el país. Es el poder popular naciendo.
Organizar las comunas antes de la explosión
Este modelo neoliberal, el fujimorato 2.0 sabemos que conduce a profundizar la colonización: y en concreto a precarizar más el trabajo, a limitar los derechos sociales, políticos, ciudadanos y humanos, a acentuar la dependencia y el centralismo; la desindustrialización, desruralizar y acabar con la producción andina.
La historia enseña que la gente, al llegar al límite de tolerancia o no soporta abusos, se organiza, hemos visto movilizaciones intensas, como la de la insurgencia del sur 22-23. Pero no hay que esperar a que la olla explote: hay que tener la capacidad de organizar desde ya, antes de que la situación llegue a extremos donde la vida de las personas entra en peligro.
No es nuevo: la sal de Gandhi
Esto que proponemos no es invento nuestro. Hay experiencias internacionales en las que temas muy concretos de la vida cotidiana de un pueblo se transformaron en movilizadores de conciencia multitudinaria. El ejemplo paradigmático es la marcha de la sal de Gandhi en la India (1930): contra el impuesto colonial sobre la sal, un condimento que usaba todo el mundo, lo más elemental y cotidiano, se levantó toda una nación y se generó una conciencia nacional irreversible.
Procesos similares hay que analizarlos, estudiarlos y presentarlos, porque demuestran que la lucha antiimperialista y antineoliberal se hace más efectiva precisamente cuando parte de la organización local.
La urgencia de los próximos cinco años
Tenemos por delante cinco años de colonización abierta y descarada y con un gobierno que es continuidad de lo mismo: estilo autoritario enmascarado de libertad, subordinación al imperio. Ya hemos visto las relaciones con protagonistas de fraudes internacionales en un Spa, con los gobiernos impresentables del mundo pertenecientes al Escudo de las Américas y consta la fidelidad ciega al modelo neoliberal que impuso con brutalidad su padre.
Pero esto no lo podemos decir como eslogan. Tiene que ser entendido desde la propia realidad de cada vecino: en el precio del agua, en la inseguridad, en el colegio de los hijos, en el dinero municipal que nadie fiscaliza. El descontento ya se siente. Lo que falta es traducirlo, organizarlo, darle forma.
La tarea de los militantes de los partidos y de los Frentes es clara y urgente:
- Tocar puertas: recuperar el diálogo y la conversación directa, sin pantallas de por medio.
- Trabajar lo concreto: los problemas que el vecino sufre y comenta, no los grandes temas abstractos.
- Vincular lo local con lo nacional: mostrar que el precio del agua es el modelo neoliberal, que el bullying es la violencia del sistema, que la coima es la corrupción institucionalizada.
- Organizar, no clientelizar: adherir a la gente a su propia organización, a su propio poder, no a un caudillo ni a una dádiva.
- Formar cuadros: porque el proceso es largo y necesita gente preparada en cada zona, cada barrio, cada edificio, cada comunidad campesina. Capaz de conocer e interpretar la realidad local.
- Actuar con constancia: no solo en época electoral, sino todos los días, durante años.
Volver a empezar
Esto es lo que los militantes de izquierda hicieron en sus mejores comienzos: recorrer las casas, escuchar, organizar, zona por zona, barrio por barrio. Lo hemos hecho ya; lo hemos olvidado; y por olvidarlo nos ha ganado la derecha en el terreno que importa: la vida cotidiana de la gente.
Recuperar esa práctica no es nostalgia: es la condición de cualquier transformación real. El imperio no se enfrenta solo con documentos, sino con ciudadanos organizados en cada rincón, con familias que conversan y deciden, con poder local que se ejerce en cada edificio y cada comunidad, cada comuna.
Tocar puertas, conversar, organizar: he ahí la acción necesaria, urgente e inmediata.