La entrevista de Hector Bejar con Velasco Alvarado
Por Héctor Béjar Rivera, del Libro VELASCO, primera edicion
Otra vez le hice una larga entrevista, con Alfonso Reyes y otros colegas de la revista Oiga. Habla Velasco:
«Como en un panorama movedizo, se cruzaron los recuerdos …Éramos once hermanos, empezó a contar, mi padre era empleado público, pero mi madre nos tenía bien pijes18 y cuando a veces no había para el yantar, mi padre no le pedía ayuda a nadie, ni a su familia…. Nunca tuve libros de estudio… Yo copiaba en un cuaderno de los libros en que estudiaban mis compañeros. Cuando mi madre no se daba abasto para zurcirnos las medias, teníamos que meterlas en el zapato, para que no se nos vieran los talones rotos….«
Aquel chico pobre de los libros prestados y las medias rotas, estudió en una escuelita polvorienta de Castilla, la comunidad campesina que era también su pueblo natal. Terminó la secundaria en un colegio nacional como todos los muchachos pobres de Piura, la ciudad de los terratenientes en el norte del Perú, y sintió desde aquellos tiempos las diferencias sociales con los hijos de los ricos que compraban autos sólo para darle vueltas a la plaza principal. Al poco tiempo escapó de su casa, abordó por primera vez un trencito de vía angosta que bajaba rumbo al puerto de Paita y se vino a Lima de gorra en el Imperial, un barco chileno Me cimarronié cuando era todavía un churre19, casi salvaje… Fueron cinco días con sus noches, viviendo de pavo en el barco, el muchacho provinciano se aterrorizaba de su propia aventura…. Si me descubrían, esos chilenos podían tirarme al mar….
18; Pije, elegante en el lenguaje popular del norte del Perú.; 19; Churre, niño.
Luego el Callao, el primer puerto peruano, y a recorrer las calles, desorientado, con un atado de ropa y un paquete de galletas de soda molida en mano. Eran los últimos tiempos del oncenio leguiísta20 que cerraría con la gran crisis de 1929. Yo no conocía más que Castilla, mi pueblo… vagó por las calles desconocidas, delante de las grandes casas de quincha (barro) y de madera, los balcones antiguos corroídos por la sal marina y preguntando, preguntando, llegó al paradero del tranvía eléctrico y no paró hasta la Escuela Militar de Chorrillos…. Ser militar era el sueño de mi vida…. Había mucha gente, yo me puse en la fila, lleno de emoción, con un barullo en la cabeza… ¡Yo era un salvaje en ese entonces! Me tomaron examen médico, rendí las pruebas y sólo cuando terminó el examen me dí cuenta de que la cola no era para oficiales sino para tropa. El de oficiales ya había terminado hacía varios días… Aprobé para soldado raso, pero me dijeron que no había vacantes. Y, para colmo de males, encima me robaron mi plata y me quedé sin un cobre….
Yo salía con el alma por lo suelos. En la pampa frente a la escuela vi parado a un hombre muy serio, de bigotes. Pregunté a un soldado quién era aquél señor. Es el capitán Huamán, me dijo. ¿Y de dónde es? De Piura, dijo el soldado. Ay caray, es mi paisano, me dije…
El oficial ofreció hacer ingresar a aquél muchachito temeroso, pero le dijo que regresara dentro de unos días… Yo no tenía plata pero por puro amor propio no le pedí prestado… Y así tuvo que regresar caminando unos diez kilómetros hasta Lima, a la casa de un tío, que le dio alojamiento y comida….Y al fin ingresé a la tropa…
Se pasó todo el año estudiando el reglamento para pasar a oficial. Ya me lo sabía de memoria, de pe a pa… Cuando al fin vino el examen, le pusieron en castellano: cuente usted cuál es el suceso que más lo ha impresionado en su vida. Yo mordía el lápiz y pensaba mientras los otros postulantes escribían y escribían… Hasta que al fin me animé a contar cómo había venido a Lima en el barco y el susto que tenía porque los chilenos me descubrieran…. Una mañana lo llamaron y se quedó mudo ante unos oficiales de bigotes enormes que me preguntaban si yo había viajado de pavo… Yo creí que de ahí pasaba al calabozo…. Pero resultó que me felicitaron …Había sacado un 20 en el examen y una nota en que el profesor Adán Espinoza decía: “Muchachos como éste son los que necesita nuestro ejército”.
20. De 1919 a 1930 el Perú fue gobernado por el dictador civil Augusto B. Leguía. Ese período se conoce como el oncenio. Leguía fue derrocado en 1930 y murió en la Penitenciaría de Lima.
Y así, aquel día lejano cambió el desamparo por la esperanza. Entré a oficial….
Si no me saco un veinte en el examen de redacción no hubiera pasado el examen y ahora no estaría sentado aquí… Y si no es por mi paisano, quizá ni siquiera habría sido soldado….
En 1934, el joven oficial Velasco estaba abriendo trocha en la Selva, entre Pantoja y Güepi… Allí conocí el sufrimiento de los cargueros, esas pobres gentes que tenían que llevar la impedimenta sobre el hombro… Daba pena verlos a la madrugada cuando hacíamos recorridos a la luz de la linterna y allí estaban recostados sobre esos pesados bultos, sudando, aguijoneados por los mosquitos…
Y más tarde, ya era coronel en la Escuela Militar, de la que sería director por varios años, luego de rápidos ascensos, sin vara, todos por méritos…. Una vez, un profesor de la Escuela, Alfonso Benavides Correa, que después alcanzaría notoriedad por su defensa del petróleo peruano, vino a decirle que había unos investigadores21 buscándolo para detenerlo… Eran los tiempos de Odría, el dictador pronorteamericano que era amo y señor del Perú… Salí y vi a los investigadores que empezaban a rodear la Escuela. Yo me dije ¡esto no puede ser! Di la orden para que se tocara la señal-consigna para situaciones especiales y en un minuto estaban todos los cadetes reunidos en el patio. Les ordené: ¡a defender su es cuela, cadetes! Ese día corrimos a los investigadores….
21: Investigador: policía de la dictadura
Casi un niño campesino de la lejana y polvorienta comunidad de Castilla, luego un muchacho pobre que viaja de pavo para hacer su porvenir en Lima, soldado raso en Chorrillos, joven oficial de tropa abriendo trocha en la espesa y dura selva peruana, conociendo la explotación en los caseríos aislados y abandonados que habían conocido la pasajera prosperidad del caucho, todas estas etapas de su vida marcarían de manera indeleble la personalidad del soldado que llegó a culminar el sueño de iniciar una revolución en su país.
Los años pasados en la escuela militar de Chorrillos, primero como instructor y luego como director, su trato con profesores civiles, algunos de ideas nacionalistas, su interés por modernizar la preparación técnica de los oficiales de su patria, irían acercándolo también a los problemas nacionales. Todo lo que Velasco decía y hacía en su vida diaria, y aunque los años de general le dieron bonanza, seguridad y alivio en los problemas económicos, como a todos los militares peruanos de alta graduación de la época, tenía el sello de la protesta contra las injustas diferencias sociales que él quiso eliminar.

