Cuando Trump se parece al extorsionador del barrio

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Por Jorge Perazzo

En Perú, los comerciantes, transportistas y ciudadanos empresarios viven bajo una amenaza constante: la llamada del extorsionador que exige dinero a cambio de «protección», como si la violencia fuese un servicio formalizado. «O me pagas o te quemo el negocio», dicen. «O depositas lo que te pido, o no garantizo tu seguridad». Esta forma de chantaje ya no sorprende en las calles, pero sí debería escandalizarnos cuando la misma lógica mafiosa se utiliza en los pasillos dorados de la política internacional.

Porque lo cierto es que Washington actúa con la misma lógica que los criminales comunes. La Casa Blanca, por ejemplo, ha perfeccionado el arte del chantaje internacional. Bajo discursos de «seguridad», «reconstrucción» o «liderazgo global», exige pagos, lealtades, sanciona, castiga y presiona. “O estás conmigo, o te sanciono”. “Si quieres protección, paga”. Y si no pagas, ya sabes lo que te espera”. ¿Les suena familiar? Es el mismo lenguaje de los extorsionadores de nuestra ciudad.

El caso Trump es particularmente grotesco. Gobierna como si el mundo fuera su barrio, y cada país su víctima: “Los aliados deben pagar por nuestra protección”, decía, como quien reclama el cupo de la semana. Y si se niegan, amenaza, congela cuentas, activa embargos, bloquea exportaciones, aplica aranceles o impuestos. ¿Qué diferencia real hay entre eso y la llamada amenazante que recibe un empresario de Comas, San Juan de Lurigancho o Chorrilos? Ambas son prácticas delincuenciales, disfrazadas en un caso con trajes caros y discursos de soberanía, pero en esencia son lo mismo: chantaje violento para beneficio propio.

Delincuentes de Calle y Delincuentes de Estado – Una Comparación Incomoda, pero Necesaria

Hay comparaciones que pueden sonar irrespetuosas a primera vista, pero que cuando se examinan con cuidado, resultan no solo pertinentes, sino profundamente reveladoras. Una de ellas es la que puede trazarse entre las prácticas delictivas de las mafias que extorsionan a los comerciantes en nuestros barrios, y los comportamientos del gobierno de Washington —especialmente durante el periodo de Trump— al tratar con sus «colonias» o aliados subordinados. Ambos actúan con la misma lógica, utilizan el mismo lenguaje de amenaza, y operan dentro de sistemas que les garantizan impunidad. En esencia: son mafias, unas de frac y corbata michi, otras de pasamontañas. Pero mafias al fin.

Delincuencia a gran escala y diplomacia de la extorsión

Cuando un comerciante en cualquier ciudad latinoamericana recibe una llamada diciéndole «paga el cupo o te quemamos el negocio», no hay duda de que está siendo víctima de una práctica criminal. Pero cuando un presidente de Estados Unidos se planta en una cumbre internacional y dice “si quieren protección, tienen que pagar; si no pagan, los sanciono”, ¿por qué deberíamos verlo diferente? ¿Acaso no es la misma lógica del chantaje? ¿No es esa también una forma de violencia?

Donald Trump, por ejemplo, llevó esta lógica al extremo. Con un lenguaje grosero, directo y brutal, exigía cuotas económicas a los países aliados de la OTAN bajo la amenaza de retirarse o debilitarlos militarmente. Aplicaba sanciones unilaterales como quien lanza piedras a la ventana de un comerciante que no quiere pagar. Y todo eso en nombre de la «seguridad nacional», una excusa tan vaga como la de cualquier matón de esquina que dice «yo te cuido si pagas». En el fondo, la diferencia entre uno y otro es únicamente el nivel del poder que detentan.

El espejo roto: nuestras mafias imitando a sus modelos

Lo más alarmante es que este comportamiento no es una excepción, sino un modelo. Muchos gobiernos, incluso el nuestro, operan con esa misma lógica mafiosa. Toleran, repiten o incluso institucionalizan estas prácticas. Las mafias callejeras y las mafias institucionales ya no se diferencian tanto: ambas se sienten impunes, ambas se protegen, ambas actúan con descaro, y ambas creen que dominar a la población —o a otros países según la Casa Blanca— es un derecho natural. Basta ver la acción pro-delincuencial del Kongreso y el descaro con la que habla la Descarada.

Esta cultura del chantaje, tanto en lo local como del imperio, tiene un mismo ADN: enriquecerse a costa del miedo ajeno. Utilizar el poder, sea un arma o un misil diplomático, para doblegar. Y lo peor: normalizar esa práctica como parte del orden natural de las cosas. Porque así como se naturaliza, se vueve cotidiano, que el comerciante tenga que pagar para que no lo maten, también se normaliza que un país pobre tenga que pagar para que no lo cierren la frontera, ni le apliquen aranceles, ni lo destruyan económicamente.

Lejos de ser un fenómeno aislado, ha comenzado a contaminar las prácticas políticas locales. En nuestro país, la extorsión no solo es ejercida por bandas armadas sino también por actores institucionales: burócratas corruptos, alcaldes que cobran comisiones ilegales, congresistas que chantajean con votos, y presidentes que hacen y deshacen leyes según su conveniencia y la de sus aliados empresariales.

La impunidad, además, es el hilo que une a estos dos mundos. Así como las mafias locales muchas veces operan con la complicidad o el silencio del Estado, también los gobiernos imperiales se aseguran de blindar a sus figuras clave. Trump perdonando criminales económicos, Biden evitando que se juzgue a miembros de su familia, presidentes que manipulan la justicia desde dentro. Todo encaja. Todo funciona bajo una cultura de poder sin escrúpulos, que se autojustifica y se protege a sí misma como cualquier red criminal organizada.

Lenguaje, lógica y violencia compartida

Otro punto de comparación es el lenguaje. Hoy, ya no hay diferencia entre el tono de un extorsionador callejero y el de ciertos mandatarios y por supuesto de la usurpadora. Las amenazas son frontales, las represalias son públicas, las consecuencias brutales. “O me pagas, o no respondo”, “o me obedeces, o te hundo”. Se acabó la diplomacia. Se habla con el tono del crimen organizado porque, en el fondo, eso es lo que se ha convertido gran parte de la política global y local: una red de extorsiones y chantajes de alto nivel.

Una cultura global de impunidad

Lo más preocupante de esta tendencia es que se está naturalizando. Así como se ha normalizado pagar cupo al delincuente local para poder trabajar, también se ha normalizado pagar tributo al imperio para que nos deje respirar. Así como se acepta que una banda controle un barrio, se acepta que un país se convierta en satélite económico o peón político. Y esa aceptación, disfrazada de “realismo político”, es en realidad una rendición moral.

Si un pandillero es un delincuente, un gobierno que aplica las mismas tácticas con bombas y tratados es un delincuente con ejército. La justicia debería odiar a ambos por igual, pero solo al pobre le caen los cobradores (y los policías). 

Esta comparación no solo es válida, es urgente señalarla y denunciarla. Porque así como repudiamos la extorsión en nuestras calles y el régimen actual, debemos repudiarla en la política global del imperio norteamericano. Porque ningún país —por poderoso que sea— debería actuar como matón de esquina. Y porque los pueblos, tanto aquí como allá, merecen algo mejor que vivir bajo la amenaza constante de los que se creen con derecho a imponer su ley, por la fuerza o por el miedo.

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