La perdida de la guerra arancelaria puede convertir a EEUU como sepulturera del neoliberalismo
Jorge Perazzo,
Una victoria pírrica en un mundo que despierta

Los aranceles de Trump, en apariencia exitosos, han generado un cambio profundo pero efímero en el comercio global. Lejos de consolidar una supremacía duradera de EE.UU., han provocado una ola de respuestas:
Europa (Italia y la Unión Europea):
- La UE negoció tarifas para mantener la mayoría de los bienes en 15%, lo que ya es un salto desde el 4.8% previo, causando preocupación en sectores agrícolas, farmacéuticos y automotrices. Italia, por ejemplo, prevé una leve recesión e incluso organizaciones empresariales reclaman compensaciones, viéndolo como una “rendición forzada” más que un acuerdo.
China:

- China ha sido clara: nadie gana en una guerra comercial. A pesar de rebajar temporalmente aranceles del pico del 145% al 30%, las exportaciones chinas a EE.UU. cayeron 11% en 2025, mientras que sus ventas externas crecieron hacia India, la UE y el sudeste asiático. China también ha buscado consolidar relaciones comerciales alternativas y advierte sobre el daño mutuo del proteccionismo.
India y Sudeste Asiático:
- India encara tarifas de 25% y represalias si comercia con Rusia, lo que impacta especialmente a sus exportaciones de té, subiendo precios para los estadounidenses. Tailandia redujo aranceles desde un posible 36% a 19%, y Bangladesh también negoció una rebaja. Laos, con tarifas de 40%, teme la pérdida masiva de empleos en su sector agrícola y textil.
Otros países:
- Suiza, con un 39% de arancel, considera injusta la medida por su papel inversor en EE.UU., y la presión, en general, ha llevado a una reorganización de cadenas de suministro, con muchas naciones buscando diversificar mercados para reducir su exposición a los riesgos de la política comercial estadounidense.[6][2] Expansión del proteccionismo y cambios estratégicos
- Los aranceles de Trump reactivan el proteccionismo a nivel mundial: distintos países ya buscan medidas simétricas para proteger sus sectores sensibles, política que EE.UU. históricamente combatía pero que hoy impulsa, confiado en su moneda y en el poder financiero de Wall Street. Esto está alterando rutas logísticas, generando nuevas alianzas, e incentivando la relocalización de fábricas y proveedores para mitigar riesgos.
Impacto sobre empresas norteamericanas en el extranjero y en EE.UU.
El dólar fuerte y la financiarización estadounidense se convierten en un “arma de doble filo”: permiten resistir pérdidas a corto plazo, pero pueden erosionar la base productiva y la primacía internacional del propio EE.UU. si los socios buscan alternativas más estables. Resumen

Muchas empresas estadounidenses han visto encarecerse insumos y dificultarse las cadenas de suministro. Los nuevos aranceles afectan especialmente los sectores industrial, automotriz, tecnológico y farmacéutico. Algunas firmas han tenido que trasladar operaciones, buscar proveedores alternativos o asumir menores márgenes de ganancia, erosionando su competitividad global.
La relocalización defensiva y la reorganización logística ahondan los costos de operación y la incertidumbre, mientras que los beneficios, como empleos recuperados, son muy limitados o temporales. Consecuencias para consumidores y trabajadores estadounidenses
Los aranceles han llevado la tasa efectiva promedio de EE.UU. al nivel más alto desde los años 30, provocando una inflación significativa especialmente en bienes importados: alimentos, ropa, electrodomésticos y tecnología. Se estima que el aumento de precios por los aranceles ya agregó cerca de 1.8% a la inflación en el corto plazo.
El costo de vida sube, pero los salarios reales permanecen estancados, agravando la sensación de pérdida de poder adquisitivo. El sector manufacturero que aspiraba a beneficiarse ha enfrentado también insumos más costosos y presión competitiva, lo que limita la creación o regreso sostenido de empleos industriales.[11][12]
La opinión pública en EE.UU. ha mostrado crecientes signos de preocupación por el alza de precios y el futuro laboral vinculado a conflictos comerciales prolongados. Ganancia pírrica y la paradoja del regreso al proteccionismo
Para Trump, los aranceles ofrecen ingresos fiscales récord y, en el corto plazo, exhiben una aparente defensa de la economía frente al “abuso” externo; pero este beneficio se diluye frente a los daños estructurales: caída del comercio, inversión y productividad, aumento de costos para empresas y consumidores, y freno del crecimiento económico.[14][3][15]
Los aranceles de Trump han desencadenado una reacción global de autodefensa comercial y relocalización estratégica, generan presiones inflacionarias internas, dañan a las empresas y a los trabajadores estadounidenses y colocan a EE.UU. en una senda inversa a la que promovió durante décadas. Es una victoria aparente y pasajera; lo que empieza como medida de fuerza, termina acelerando los problemas estructurales que el proteccionismo dice combatir, con consecuencias negativas para todos los actores involucrados.
La imposición de tarifas ha impulsado una ola mundial de proteccionismo, que EE.UU. ya no está en condiciones de controlar como cuando dominaba el comercio mundial tras 1945. Ahora enfrenta respuestas coordinadas, pérdida de credibilidad como baluarte del libre mercado y la amenaza creciente de ser desplazado de cadenas globales clave por su imprevisibilidad.
Resultado global: el mundo responde al proteccionismo con proteccionismo. Se reactivan políticas industriales nacionales y se revalorizan acuerdos regionales sin Washington. La era de la globalización neoliberal empieza a dar paso a un nuevo orden multipolar.
El falso éxito de Trump: una victoria temporal
Trump logra, por ahora, algunas concesiones: compras forzadas de energía, aumentos en el gasto militar por parte de sus aliados, ventas de armas… pero:
Es una victoria basada en el chantaje y el miedo, no en una integración económica sostenible.
No hay condiciones laborales ni ambientales en su modelo: es una caricatura del proteccionismo, sin justicia ni redistribución.
Ha roto las normas del comercio multilateral, y ahora nadie confía en que EE.UU. sea un socio fiable a largo plazo.

Lo que Trump logra hoy, otros países están aprendiendo a evitar mañana.
Dentro de EE.UU.: la economía real paga la factura
El mayor golpe es interno. Las empresas y consumidores estadounidenses sufren directamente los efectos de los aranceles:
Inflación alta y persistente.
Alza de precios en bienes básicos y tecnológicos (Nintendo, carne, ropa deportiva, etc.).
Empresas norteamericanas que producen en el extranjero ven sus costos dispararse.
El 60% de la población culpa a Trump por los efectos negativos.
Los aranceles que supuestamente protegen al empleo local, están erosionando el poder adquisitivo y la estabilidad económica del propio pueblo estadounidense.
El modelo Trump contra el dólar fuerte y el capital financiero
Durante décadas, EE.UU. confió en su dólar dominante y la financiarización para sostener su hegemonía. Pero con la política arancelaria:
Pierde credibilidad como líder del “orden basado en reglas”.
Inicia una guerra comercial que afecta su propia base productiva y su hegemonía monetaria.
Los países empiezan a considerar alternativas al dólar (como el yuan, el BRICS Pay, el euro digital…).
Resultado: debilitamiento estructural del sistema que sostenía la economía norteamericana desde los años 70.
¿Y ahora qué?
La estrategia arancelaria de Trump marca el principio del fin del neoliberalismo clásico, pero no garantiza un nuevo orden justo ni sostenible. Su versión del proteccionismo:
No protege a los trabajadores ni mejora los salarios.
No impulsa una transformación ecológica ni tecnológica estructural.
No crea un consenso global: aísla a EE.UU. y lo enfrenta incluso con sus aliados.
Conclusión: Trump puede haber ganado batallas simbólicas, pero su “guerra económica” ha encendido fuegos que pueden escapar de su control. Lo que gana es temporal. Lo que pierde, puede ser estructural.
El mundo observa. Aprende. Reacciona.
Lo que fue hegemonía estadounidense, ahora es solo nostalgia imperial.
Y mientras el dólar pierde tracción y las alianzas se fragmentan, nuevos órdenes se perfilan: regionales, multipolares, soberanos.
