LIMA EN SU PEOR MOMENTO

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NI LIMAFLORES NI POTENCIA MUNDIAL: LIMA EN SU PEOR MOMENTO

Augusto Lostaunau Moscol

Históricamente hablando, Lima jamás ha sido una ciudad ni ordenada, ni limpia, ni segura. El desorden, la suciedad y la delincuencia, siempre han sido una dura compañía para los habitantes de la eterna capital del Perú. Son muchos los periodistas, intelectuales y políticos que se han detenido un momento para reflexionar y escribir del porqué de la permanencia de estos –y otros- problemas que aquejan la ciudad. Pero, es esta situación concreta lo que ha generado las más delirantes y oníricas campañas electorales y “¿propuestas?” para transformar la ciudad y convertirla en una capital emblemática del mundo occidental de América del Sur. Entre esas “propuestas” las que han alcanzado niveles propios de la publicidad Hollywoodense fueron “Limaflores” y “Potencia Mundial”.  Y, como siempre, ambas fueron simples promesas electorales que sus propulsores realizaron a los ciudadanos y que, luego de un determinado tiempo, fueron el mejor ejemplo de la incapacidad de las autoridades.

A todos los que viajamos por Lima, todos los días, utilizando el transporte público, es prácticamente sufrir con la indolencia de los transportistas y la inmisericordia de las autoridades. Se puede afirmar, sin exagerar, que a nadie le importa los problemas de Lima, y, lo que es mucho peor, estos problemas sirven sólo para justificar puestos laborales y salarios que serán en beneficio de los “amigos” del candidato. En el transporte público se violan todos los derechos existentes. La deshumanización de Lima en su mejor manifestación. Pero, más allá de viajar apretujados y sin derecho a reclamar, las escenas son propias de un film de Stanley Kubrick o Woody Allen. Aunque, en actuación, jamás ganaremos ni un premio a “Mejor Actor de Reparto”. Porque el éxito también está prohibido o vetado para quienes vivimos en Lima y viajamos en bus. El éxito es propiedad privada de los “triunfadores” que manejan su propio auto.

Un día jueves cualquiera, a las 10 de la mañana, una señora joven sube al microbús acompañada de una niña de aproximadamente 8 años, ambas decididas a cantar, tocan sus instrumentos musicales elaborados de manera artesanal y con su bolsa de caramelo. La señora sigue cantando y la niña vende su mercancía (viejo eufemismo capitalista) a los pasajeros. Muchos la ignoran y otros, automáticamente le entregan alguna moneda con una señal realizada con la mano que indica el deseo de no recibir los caramelos. Es, prácticamente, una propina o una “limosna”. Pero, ¿una niña de 8 años vendiendo caramelos en un bus a las 10am de un jueves cualquiera? ¿No estudia? ¿Una niña trabajando? ¿Y la fiscalía? ¿Y la policía? ¿Y si es un caso de Trata de Personas? ¿El Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables? ¿Se debe pagar una consultoría para que las autoridades tengan conocimiento de la realidad? ¿Se debe pagar un asesoramiento? ¿Se debe pagar una evaluación? ¿Escribirán un libro sobre el tema? Mientras tanto, la niña sigue vendiendo caramelos.

Otro caso, mucho peor, son los olores a orines que tiene todo el Centro Histórico. Uno camina por el Jirón de la Unión, y huele a orina. El jirón Junín, huele a orina. El jirón Emancipación, huele a orina. Y todos los demás jirones, huelen a orina. Se barre la ciudad, pero no se le realiza una limpieza mayor. Cientos de policías en la Plaza San Martín, pero nadie “se entera” de la venta de drogas entre los jirones Huancavelica y Caylloma. La prostitución campea. Los robos también. Venden fresas, piñas y pitahayas en plena avenida Abancay, con triciclo y parlante. Ver eso nos hace retroceder hasta 40 años. En Lima, el tiempo no transcurre.

En las dos últimas décadas del siglo pasado, los alcaldes Alfonso Barrantes Lingán y Alberto Andrade Carmona. Mientras Barrantes Lingán administró la ciudad pensando en la persona; Andrade la administró pensando en lo urbanístico-arquitectónico. Dos miradas opuestas, pero proyectos válidos. En cambio, durante los primeros años del siglo XIX, Lima prácticamente no ha tenido nada. Alcaldes sin ningún proyecto. Ni lo humano ni lo urbano. Además, las denuncias de corrupción aumentan. Los medios de comunicación informan que, detrás de toda obra pública, existe un negociado. Cada nuevo gobierno municipal ha sido una pérdida de tiempo –y dinero- para Lima. Salvo las consabidas consultorías, asesorías y evaluaciones, nadie más ha ganado.

Entonces, Lima jamás llegó a convertirse en “Limaflores”; y, lo peor, es que jamás se convertirá en “Potencia Mundial” con autoridades que no tienen idea o proyecto político para resolver los graves problemas de la capital. Faltan 12 años para las celebraciones de los 500 años de la fundación española de Lima y el caos parece que será el principal invitado. De seguro, se publicarán libros donde –como siempre- se mentirá. Se dirá que Lima fue “La Ciudad Jardín” con hermosas “Vivanderas” (vendedores ambulantes de comida” o “Pregoneros” (vendedores ambulantes de todo tipo de productos). Que sus paseos y jardines eran la envidia de toda Sudamérica. Que la “gente más elegante” (vieja expresión cargada de racismo y clasismo) paseaba por el Jirón de la Unión (“Jironear”). Que fue una Ciudad de Serenatas (cantar en la vía pública pasada las doce de la noche mientras se bebe licor) y Bravos Peleadores (delincuentes como “Carita” y “Tirifilo”). Así, con bellas palabras se oculta la realidad histórica de la ciudad, porque, en Lima, hasta la historia se falsifica.

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