La ley Helms-Burton, manual del matón global
¿Se imagina usted tener un vecino al que no soporta, y en vez de discutir o simplemente ignorarlo, decide cerrarle el paso por la vereda, bloquearle el acceso al mercado, cortarle la luz y, para coronar la hazaña, castigar al panadero de la esquina por venderle una barra de pan?
Absurdo, ¿verdad? Pues eso, exactamente eso, es lo que hizo Estados Unidos en 1996 con la ley Helms-Burton: convertir la animadversión política hacia Cuba en una maquinaria legal de persecución global.
El mecanismo es grotesco: no solo se castiga a Cuba con un bloqueo económico, financiero y comercial que le niega acceso a recursos básicos; también se amenaza a cualquiera que ose ayudarla. Si una empresa europea hace negocios en la isla, se le abre un proceso judicial. Si un gobierno extranjero coopera, se le imponen sanciones. Es como decir: “No me gusta tu amigo, y si lo saludas, también te cierro la puerta”. Un bullying de manual, pero con traje y corbata de “política exterior”.
Lo más indignante es la pretensión moral: Estados Unidos se erige como paladín de la democracia mientras mantiene una ley que opera como el manual del matón global. Una norma que no solo persigue a Cuba, sino que castiga a todo aquel que ose mostrarle solidaridad.
Si esta lógica se aplicara en la vida diaria, sería tan ridícula como criminal: cortar la energía a un vecino porque no me gusta, prohibir que alguien le venda pan y, por si acaso, castigar también al que le ofrece una vela.
Sin embargo, lo increíble es que el mundo entero tolera este atropello desde 1996.
La Helms-Burton pinta de cuerpo entero lo que es el imperio en su versión más descarnada: autoritarismo, hipocresía y desprecio absoluto por el derecho internacional. Se dice defensora de la democracia, pero actúa como verdugo económico. Y ahí está su mayor contradicción: pretenden colocarse en la cima moral del planeta, pero lo único que logran es ocupar el pedestal más bajo de la delincuencia oficial internacional.