JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI Y LA PROCESIÓN DEL SEÑOR DE LOS MILAGROS

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Augusto Lostaunau Moscol

El martes 20 de octubre de 1914, en el diario La Prensa (Lima) y bajo el seudónimo de Juan Croniqueur, un veinteañero José Carlos Mariátegui publicó su artículo La Procesión Tradicional donde hace referencia directa a la Procesión del Señor de los Milagros que, desde la iglesia de Las Nazarenas, recorre las principales calles de la capital.

Catorce años antes de publicar su clásico 7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana y de fundar el Partido Socialista del Perú, el joven Mariátegui analizó una de las tradiciones religiosas más importantes e imponentes de Lima, aplicando un método que reconoce el hecho histórico como un proceso social en el tiempo y que se transforma con los propios cambios que existen en la sociedad que lo desarrolla. Mariátegui dice:

“Ayer y anteayer, como todos los años, ha desfilado por las calles de Lima, de iglesia en iglesia, la procesión del Señor de los Milagros. Ha pasado imponente, pausada, rumorosa, fragante, solemne. Y su paso ha revivido en nuestro espíritu el recuerdo de tiempos lejanos, en que floreció amablemente el dulce misticismo de nuestros abuelos… Es la procesión del Señor de los Milagros uno de los últimos rezagos del pasado tradicional. La más típica tal vez de las manifestaciones de ese risueño, fastuoso y alegre criollismo que se extingue, que se pierde con hondo desconsuelo para los pocos, los insignificantes que, como nosotros, aman la tradición fervientemente. En ella palpita el alma de Lima colonial, el alma de nuestro pueblo de criollos perezosos y juerguistas, místicos y sensuales, que tanto han gustado siempre del pintoresco abigarramiento de las pompas religiosas”. 

Para Mariátegui, la Procesión del Señor de los Milagros, es una de las tradiciones más importantes que existe en la capital y que refleja las diversas transformaciones que se producen en Lima año tras año. Su nacimiento colonial nos recuerda una pequeña urbe –más con carácter de pueblo que de metrópoli- donde el tiempo transcurría según el campanario de las iglesias. Cada viejo barrio limeño era denominado por la iglesia y la plazuela que en él existía. El Barrio de las nazarenas –ubicado en el Cuartel Primero- tomó ese nombre debido a la iglesia y plazuela del mismo nombre. De alguna u otra forma, esta vieja tradicional colonial fue cediendo frente al avance urbanístico republicano de mediados del siglo XIX y, principalmente, con el modelo urbano capitalista estadounidense de inicios del siglo XX. Entonces, la Procesión quedó como ese elemento tradicional que rescata a esa “Lima que se va” (como dijo José Gálvez Barrenechea). Por ello, Mariátegui agregó:

“Y al revés de lo que ocurre con los historiados paseos de festividades característicamente limeñas, la procesión del Señor de los Milagros no pierde en un ápice su solemnidad y su fausto, por más que los años pasan, que el celo cristiano disminuye, y todo, hasta las más típicas costumbres, son abandonadas en obsequio al afán invencible de europeizarnos, de transformarnos, despertado en este pueblo por las personas que han visitado París, Londres y Nueva York y que consideran estas resurrecciones de nuestro pasado incompatibles con la cultura de una ciudad moderna”. 

La supuesta “modernidad” de aquellos que buscan “parecerse a Europa y los Estados Unidos de América” empieza por liquidar todo aquello que le parece “tradicional”, transformándolo en sinónimo de “obsoleto, pasado, antiguo, arcaico e inferior”. La alienación cultural de los pueblos permite la destrucción de su cultura tradicional ya que, sin ella, cualquier sistema se puede imponer sin tener que enfrentar resistencias ideológicas, políticas y sociales. La tradición es un arma muy fuerte cuando se utiliza como forma de resistencia frente a las políticas que deshumanizan a la sociedad. Continuar una tradición significa aceptar una pertenencia. Y, la pertenencia conlleva a identificar un “nosotros” frente a un “otro”. Por ello:

“Pese a los años, pese al esnobismo predominante, pese a todas las “necesidades” del progreso, de la civilización, el entusiasmo de los limeños por la procesión tradicional no disminuye, antes bien aumenta, y así es como la que antes fuera peregrinación de negros y de plebeyos es hoy suntuosa romería que realzan, devotas, las damas más aristocráticas y gentiles. Deteniéndose en la observación del espíritu de esta fiesta y aunque tal vez resulte un poco profano suponerlo, el cronista cree que no es el fervor religioso, que no es el prestigio de los milagros que generoso prodiga el CRUCIFICADO, lo que congrega año tras año en torno de la imagen venerada a miles de fieles, lo que da a esta romería tal carácter de suntuosidad y de pompa, sino el íntimo, el secreto, el arraigado culto que tiene nuestro pueblo a la única de las festividades que en esta época le recuerdan su tradición y sus costumbres. Es un instintivo y cariñoso sentimiento de respeto por el pasado que huye”. 

No se trata de mantener el pasado por el pasado mismo. Aquí no encontramos ni “pasadismos” ni “futurismos”. Por el contrario, para construir el futuro se hace necesario reconocer el pasado. El futuro de Lima no se encuentra en los basureros de las ciudades occidentales; todo lo contrario, el futuro de Lima se encuentra en sus propias entrañas.

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