El espejo de Roma: El Colapso de un Sistema de Dominación
La Máscara Caída del Imperio
Vivimos un momento histórico singular, un punto de inflexión donde las máscaras que han sostenido durante décadas la narrativa del orden mundial comienzan a desmoronarse ante nuestros ojos.
Por Jorge Perazzo
La agresividad desaforada de Estados Unidos incluso hacia sus aliados más cercanos, no es, como muchos analistas quieren hacer creer, una simple crisis económica pasajera ni la manifestación de un ego político particularmente beligerante.
Es, en realidad, el signo inequívoco de algo mucho más profundo y definitivo: el colapso de un sistema de dominación que ha agotado todas sus posibilidades históricas y que, en su fase terminal, despliega con brutal honestidad aquello que siempre fue pero que durante décadas se ocultó tras retóricas de libertad, democracia y progreso.
No se trata del petróleo, aunque este recurso siga siendo estratégico. No se trata únicamente del dólar como moneda de reserva mundial, aunque su estatus sigua siendo cuestionado. No se trata de las ambiciones personales de un presidente específico, aunque su estilo particular acelere los procesos.
Se trata, fundamentalmente, del agotamiento de un modelo civilizatorio que ya no puede sostenerse a sí mismo y que, como todo sistema que rechaza sus límites históricos, responde con violencia creciente a su propia incapacidad de mantener el control.
Como señalan historiadores en el análisis del imperio romano, los imperios crean las condiciones de su propia destrucción precisamente cuando creen estar en su momento de mayor gloria.
Para comprender cabalmente lo que ocurre hoy, resulta imprescindible voltear la mirada hacia Roma, no como mera analogía retórica, sino como modelo histórico que ilumina con precisión quirúrgica las dinámicas de colapsos civilizatorios.
Cuando Roma comenzó su declive irreversible, no lo hizo de manera gradual y ordenada, sino mediante una serie de reacciones desesperadas, alianzas traicionadas, anexiones territoriales desesperadas y una militarización creciente que consumía los recursos que pretendían sostenerla.
Los últimos siglos del Imperio Romano de Occidente constituyen un manual de cómo los sistemas de dominación, cuando sienten que el suelo se mueve bajo sus pies, responden con aquello que tienen a mano: más dominación, más violencia, más control. Es exactamente lo que estamos presenciando en la actualidad con Estados Unidos y su orden mundial unipolar.
El Agotamiento del Modelo: Más Allá de las Crisis Económicas
La actual ofensiva estadounidense, desde los aranceles contra China, México y Canadá hasta las amenazas sobre Groenlandia, el Canal de Panamá y la propia soberanía de naciones aliadas, representa el síntoma de algo que viene gestándose desde hace décadas. El sistema de dominación neoliberal, ese arquitectura geopolítica diseñada en los centros de poder occidental tras la caída de la Unión Soviética, ha alcanzado sus límites materiales y simbólicos.
Los valores que lo sustentaban, la competencia individual como motor del progreso, el libre mercado como regulador universal, la democracia liberal como único modelo político válido, han demostrado su incapacidad para resolver los problemas más urgentes de la humanidad: la desigualdad creciente, la crisis climática, la fragmentación social, el deterioro de las condiciones de vida de las mayorías.
Esta no es una afirmación ideológica sino una observación empírica respaldada por décadas de evidencia. En el Perú, como en countless países de América Latina, las políticas neoliberales implementadas durante los últimos cincuenta años han producido resultados que hablan por sí mismos.
El ensayo «50 años de neuroliberalismo en el Perú» documenta con precisión quirúrgica cómo estas políticas han devastado el tejido productivo nacional, precarizado las condiciones laborales de millones de trabajadores, desmantelado los sistemas de protección social y reducido al país a una economía de servicios sin soberanía alimentaria, sin capacidad industrial significativa y con una dependencia estructural de los centros de poder económico mundial.
La población peruana, como la de tantos otros países que adoptaron fielmente las recetas del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, no se ha beneficiado del prometido crecimiento sostenible; por el contrario, ha visto deteriorarse sus condiciones de vida, su capacidad de organización colectiva y sus perspectivas de desarrollo autónomo.
Lo ocurrido en Perú no es una excepción ni un fracaso parcial; es el resultado lógico y predecible de un sistema que nunca estuvo diseñado para beneficiar a las mayorías populares de los países periféricos. El neoliberalismo, como lo denomina el texto, no es simplemente un conjunto de políticas económicas; es un proyecto de dominación cultural y subjetiva que logró instalar en la mentalidad de generaciones enteras la idea de que no existe alternativa, de que el mercado lo sabe todo, de que el Estado es necesariamente ineficiente, de que la competencia individual es el único camino hacia el progreso.
Esta subjetividad neoliberal, esta manera de comprender el mundo y la propia existencia, constituye quizás el logro más duradero del sistema de dominación estadounidense: haber logrado que las propias víctimas del sistema interioricen como propios los valores de sus victimarios.
Roma en el Espejo: Patrones de una Civilización en Declive
La comparación entre Estados Unidos y Roma no es un ejercicio de mera retórica sino una herramienta analítica de extraordinario poder explicativo. Historiadores sobre la historia del Imperio Romano, identificaron los patrones que conducen al colapso de las grandes civilizaciones: la pérdida de los valores fundacionales, la corrupción institucional, la militarización creciente, el debilitamiento del espíritu cívico, la dependencia de fuerzas externas para sostener el aparato militar, y sobre todo, esa incapacidad creciente de las élites para percibir los límites de sus propias ambiciones. Lo que describieron para Roma resulta escalofriantemente aplicable al caso estadounidense contemporáneo.
El declive de Roma fue gradual e imperceptible durante generaciones, y que solo retrospectivamente pueden identificarse los momentos clave en que las posibilidades de revertir se agotaron. Lo mismo ocurre con Estados Unidos.
El deterioro de su capacidad de dominación no es un fenómeno reciente; viene desarrollándose desde hace décadas, aunque sus manifestaciones más visibles se hayan acelerado en los últimos años.
La pérdida de competitividad industrial, el deterioro de la infraestructura, la fragmentación política interna, la erosión de la cohesión social, el crecimiento de la desigualdad a niveles que recuerdan a la Roma tardía, todo esto configura un panorama que los estrategas estadounidenses reconocen, aunque raramente lo admitan públicamente.
La respuesta a este deterioro no es un repliegue estratégico ni una adaptación a las nuevas realidades globales; es, por el contrario, un intento desesperado de acelerar los procesos de control antes de que los recursos para sostenerlo se agoten definitivamente.
Los Límites de la Dominación: Cuando Agotar Significa Destruir
Todo sistema de dominación tiene límites, y estos límites no son simplemente materiales sino también morales, simbólicos y subjetivos. El sistema de dominación estadounidense, ese arquitectura de control que se despliega a través de instituciones financieras internacionales, bases militares en todos los continentes, medios de comunicación globales, tratados comerciales asimétricos y amenazas de sanciones económicas, ha alcanzado sus límites de expansión.
Arnold Toynbee, el historiador británico que dedicó su vida al estudio del ascenso y caída de las civilizaciones, argumentó que las civilizaciones no mueren por causas externas sino por suicidio: cuando las élites que las dirigen pierden la capacidad de responder creativamente a los desafíos que enfrentan, cuando recurren a fórmulas gastadas que ya no funcionan, cuando el sistema de valores que las sustentaba se corrompe hasta convertirse en su propia negación, entonces la civilización entra en su fase terminal.
El problema fundamental del sistema de dominación estadounidense es que sus propios valores constitutivos han generado la crisis que lo amenaza. La competencia sin límites, el individualismo extremo, la priorización del beneficio inmediato sobre la sostenibilidad a largo plazo, la identificación del éxito con la acumulación material, todo esto ha creado las condiciones para una crisis que el propio sistema no puede resolver porque sus herramientas conceptuales y prácticas están diseñadas precisamente para evitar las soluciones que requeriría.
El Mito de la Salvación: Hollywood y la Construcción de una Subjetividad Imperial
Una de las operaciones más exitosas del sistema de dominación estadounidense ha sido la construcción de una subjetividad global que identifica a Estados Unidos con la salvación, con el heroísmo, con la misión histórica de dar luz a un mundo oscuro. Desde nuestra infancia, las películas de Hollywood nos han bombardeado con imágenes del estadounidense como el buen samaritano, como el heroe que llega a resolver los problemas que los locales no pueden resolver por sí mismos, como el superhéroe que salva a la humanidad de amenazas que ella misma ha contribuido a crear.
Superman, Batman, las películas de acción estadounidense en general, constituyen una vasta operación de ingeniería social diseñada para instalar en la psique colectiva del mundo la idea de que Estados Unidos es inevitablemente el bien y que, por tanto, cualquier resistencia a su dominación es necesariamente maligna.
Esta construcción simbólica ha tenido efectos devastadores en la capacidad de resistencia de los pueblos. Cuando un niño latinoamericano crece viendo películas donde el héroe estadounidense llega a «salvar» a países supuestos como incapaces de resolver sus propios problemas, cuando las noticias presentan las intervenciones militares como «misiones humanitarias», cuando los medios de comunicación construyen una narrativa donde Estados Unidos es el faro de libertad y democracia en un mundo de tiranos, se instala en la subjetividad de esa persona una idea fundamental: que la salvación viene de afuera, que los propios pueblos son incapaces de resolver sus problemas, que ello es no solo natural sino deseable.
Esta subjetividad colonizada constituye quizás el logro más duradero del sistema de dominación, porque opera incluso cuando la evidencia empírica demuestra sistemáticamente el fracaso de las políticas estadounidenses.
Sin embargo, esta construcción mítica está colapsando ante la evidencia de sus propios resultados. Las guerras de Iraq y Afghanistan, vendidas como misiones de liberación, dejaron países devastados y millares de muertos.
Las «transiciones democráticas» promovidas por Estados Unidos en América Latina resultaron en gobiernos que desmantelaron los sistemas de protección social y profundizaron la desigualdad.
El «milagro económico» del Consenso de Washington demostró ser, para la mayoría de la población, un milagro exclusivamente para los CEOS del capital financiero internacional. La narrativa del héroe salvador se desmorona cuando las propias acciones del héroe muestran su verdadero rostro: el de un sistema de dominación que no puede concebir relaciones de cooperación genuina, que solo puede relacionarse con otros pueblos desde una posición de superioridad que cada vez resulta más insostenible.
La Alternativa BRICS: Valores para un Mundo en Crisis
Frente al agotamiento del modelo de dominación occidental, una nueva arquitectura de relaciones internacionales está emergiendo con fuerza creciente. Los BRICS, Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica y los países que han ido incorporando a esta iniciativa, no representan simplemente un bloque económico alternativo; representan una propuesta civilizatoria fundamentalmente diferente, basada en valores que el sistema neoliberal había declarado obsoletos: la cooperación en lugar de la competencia, la reciprocidad en lugar de la extracción, el respeto a la soberanía en lugar de la intervención, el futuro compartido en lugar de la ventaja unilateral.
Estos valores no son una invención reciente ni una respuesta táctica a la crisis occidental; representan, más bien, la recuperación de tradiciones civilizatorias que fueron sistemáticamente invisibilizadas y descalificadas por el discurso dominante.
Las civilizaciones asiáticas —China, India, Persia— desarrollaron durante milenios modelos de organización social basados en la armonía, la cooperación, el respeto a las jerarquías naturales y la preocupación por el bienestar colectivo. El filósofo indio Chanakya, en su obra Arthashastra, desarrolló hace más de dos mil años una teoría de las relaciones internacionales basada en la reciprocidad y el beneficio mutuo que contrasta radicalmente con la concepción westfaliana de la realpolitik.
La tradición confuciana de China enfatiza la armonía social, el respeto a las relaciones jerárquicas y la importancia del bienestar colectivo sobre los intereses individuales. La filosofía hindú del vasudhaiva kutumbakam —»el mundo es una familia»— expresa una visión de la humanidad que trasciende las fronteras nacionales y las diferencias culturales.
Lo que los BRICS proponen no es simplemente un reordenamiento geopolítico sino una recuperación de estos valores civilizatorios que fueron negados, ocultados y reemplazados por la narrativa del individualismo competitivo y la dominación del más fuerte.
Cuando China propone la Franja y la Ruta, está ofreciendo un modelo de cooperación económica basado en la inversión, la construcción de infraestructura y el desarrollo conjunto, en contraste con el modelo occidental de condicionalidades económicas y reformas estructurales que benefician exclusivamente a los países centrales.
Cuando India desarrolla su propia política espacial y tecnológica, no lo hace para competir por la hegemonía global sino para afirmar su capacidad de desarrollo autónomo. Cuando los países del Sur Global buscan nuevos mecanismos de comercio y financiamiento que no pasen por las instituciones controladas por Occidente, están reclamando el derecho a desarrollar sus propias fuerzas productivas según sus propias lógicas y necesidades.
El Futuro Compartido: Más Allá del Sistema de Dominación
La crisis actual del sistema de dominación estadounidense abre una oportunidad histórica para la construcción de un orden mundial radicalmente diferente.
Sin embargo, esta oportunidad viene acompañada de riesgos enormes: el sistema en crisis puede desencadenar conflictos devastados en su intento de sostenerse, puede escalar la violencia hasta niveles que amenacen la propia supervivencia de la humanidad, puede acelerar la destrucción ambiental en su desesperación por mantener los flujos de recursos que necesita.
La pregunta fundamental que enfrentamos es si la transición hacia un nuevo orden mundial podrá realizarse de manera ordenada o si estará marcada por conflictos catastróficos.
Los valores que los BRICS representan, cooperación, reciprocidad, respeto a la soberanía, futuro compartido, no son simplemente ideales abstractos sino herramientas prácticas para navegar esta transición.
La concepción del futuro compartido implica reconocer que los problemas que enfrenta la humanidad, el cambio climático, las pandemias, la desigualdad, la pobreza, no pueden ser resueltos por ningún país actuando unilateralmente ni por un sistema de dominación que solo conoce la lógica del extracción y la competencia. Requiere, por el contrario, una cooperación genuina entre países que reconozcan sus intereses comunes y estén dispuestos a sacrificar ventajas unilaterales en beneficio de soluciones colectivas.
La idea de un mundo multipolar, donde diferentes civilizaciones desarrollan sus propias formas de organización social según sus tradiciones y necesidades, representa una alternativa al unipolarismo estadounidense que ha demostrado ser incapaz de garantizar la paz y el desarrollo para la mayoría de la humanidad.
Esta multipolaridad no implica aislamiento nacionalista ni cierre al intercambio con otras culturas; implica, por el contrario, la posibilidad de relaciones más horizontales, más respetuosas, más mutuamente beneficiosas entre países que reconocen su igualdad fundamental y su interés compartido en la construcción de un futuro viable para todos.
La cooperación sur-sur, los mecanismos de intercambio que no pasan por el dólar, los sistemas de financiamiento alternativos al Fondo鸟Monetario Internacional, todo esto constituye la infraestructura material de un nuevo orden mundial basado en principios radicalmente diferentes a los que han dominado hasta ahora.
América Latina: Entre la Dependencia y la Soberanía
Para Nuestra America, la crisis del orden estadounidense representa simultáneamente una amenaza y una oportunidad.
La amenaza es clara: Estados Unidos, en su desesperación por mantener el control sobre lo que considera su «patio trasero», puede intensificar sus intervenciones en la región, ya sea mediante golpes de Estado suaves, sanciones económicas, amenazas diplomáticas o incluso intervenciones militares directas.
Las recientes declaraciones sobre el hemisferio occidental como «zona de influencia estadounidense» no dejan dudas sobre las intenciones de la administración actual. La anexión de Groenlandia, el control sobre el Canal de Panamá, las amenazas contra México y Canadá, todo esto indica un patrón de comportamiento que tiene a cada pais directamente en su mira.
Pero la oportunidad es igualmente clara: la crisis del sistema de dominación abre espacios para la afirmación de soberanía que durante décadas estuvieron vedados. Los países latinoamericanos que han tenido gobiernos autónomos, Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Cuba, han sufrido las consecuencias de la hostilidad estadounidense, pero también han demostrado que la resistencia es posible y que existen alternativas a la subordinación completa a los dictados de Washington.
La reciente ola de gobiernos progresistas en la región, aunque enfrenta limitaciones importantes, representa una recuperación de la capacidad de autodeterminación que el Consenso de Washington había intentado eliminar definitivamente.
La tarea fundamental para los pueblos latinoamericanos es doble: por un lado, construir subjetividades que superen la colonización mental impuesta por décadas de hegemonía cultural estadounidense; por otro lado, desarrollar capacidades materiales de autonomía que permitan resistir las presiones y sanciones que inevitablemente vendrán.
Esto requiere una recuperación de los valores civilizatorios propios de nuestras tradiciones: el espíritu comunitario de las culturas indígenas, la solidaridadlatinoamericana que inspiró a los independentistas del siglo XIX, las tradiciones de organización popular que han sido la savia de nuestros movimientos sociales más significativos. Estos valores no son curiosidad folklórica ni nostalgia del pasado; son la base material y simbólica para la construcción de un futuro realmente diferente.
Hacia una Nueva Civilización
El colapso de un sistema de dominación siempre es un proceso traumático, marcado por la violencia, la incertidumbre y el sufrimiento de millones de personas. El sistema de dominación estadounidense, que ha dominado el mundo durante las últimas décadas, no será una excepción a esta regla. Las señales son claras: la brutalidad de las políticas actuales, la escalada de conflictos, la intensificación de las presiones sobre los países periféricos, todo esto indica que el sistema está en su fase terminal y que sus élites están dispuestas a cualquier cosa para mantener el control el mayor tiempo posible.
Sin embargo, como todo colapsos civilizatorio, este momento de crisis también abre la posibilidad de algo nuevo. Los valores que el sistema de dominación había declarado obsoletos, la cooperación, la reciprocidad, el respeto a la diversidad, la preocupación por el bienestar colectivo, están siendo recuperados y puestos en práctica por países que representan a la mayoría de la humanidad.
Los BRICS, con todas sus contradicciones internas, representan una alternativa real a unipolarismo estadounidense y una propuesta de organización internacional basada en principios radicalmente diferentes. La multipolaridad emergente, si puede ser construida sobre bases de cooperación genuina y respeto mutuo, tiene el potencial de resolver los problemas que el sistema unipolar demostró ser incapaz de resolver.
Para los pueblos de América Latina y del mundo, el desafío es participar activamente en esta transición, construyendo las capacidades materiales y simbólicas que permitan aprovechar las oportunidades que se abren y resistir las presiones que inevitablemente vendrán.
Esto requiere una recuperación de la autoestima colectiva, una afirmación de las identidades propias, una valorización de las tradiciones civilizatorias que fueron descalificadas como «atrasadas» por el discurso dominante.
Los restos de nuestras civilizaciones, los conocimientos tradicionales, las formas de organización comunitaria, las prácticas de cooperación mutual, las filosofías de vida que priorizan la armonía sobre la competencia, no son curiosidades del pasado sino recursos para el futuro.
De ellos podemos extraer las herramientas para construir un mundo donde la dominación sea reemplazada por la cooperación, donde la competencia sea reemplazada por la solidaridad, donde el beneficio individual sea reemplazado por el bienestar colectivo.
El sistema de dominación está en crisis, y esta crisis es definitiva. Lo que vendrá después dependerá de nuestra capacidad de acción colectiva, de nuestra voluntad de superar las subjetividades colonizadas que nos han impedido reconocer nuestra propia fuerza, de nuestra determinación de construir un futuro que no esté basado en la dominación de unos sobre otros sino en la cooperación entre iguales.
La historia no está escrita de antemano; la escribimos todos los días con nuestras acciones y nuestras decisiones. El momento actual, por difícil y peligroso que sea, es también un momento de posibilidad excepcional. Aprovechémoslo.