Manipular la conciencia…un crimen sin castigo disfrazado «elecciones libres»

Esta democracia no es democracia
El mito del voto, el cerco de lo votable, el laboratorio peruano y la era de los bots: cómo el sistema convierte al ciudadano en elector… y al elector en súbdito.
«Esta democracia no es democracia.»
— La voz del sur andino del Perú · Diciembre de 2022
- El sistema convierte la obediencia en autoestima y la impotencia en participación.
- No controla cada voto: controla el perímetro de lo votable.
- Valida a un sector, excluye a los terceros… y hace que hasta los descontentos lo validen.
- Elecciones limpias sobre conciencias capturadas no son democracia.
Lo obsceno no es el fracaso: es que funciona
Lo más inquietante de la democracia actual no es que haya fracasado. Un fracaso traería consuelo: se repara. Lo inquietante es que funciona exactamente como conviene a quienes nunca necesitaron gobernar a gritos. Te deja votar, discutir, indignarte, elegir colores y romper amistades, mientras otros deciden qué intereses jamás serán tocados.
No reprime la revuelta: la administra. No elimina la crítica: la recicla. No necesita cadenas visibles cuando puede ofrecer la sensación de que mandas.
Esto no es conspiración de perifollo: es una tradición crítica centenaria que hoy suena menos a teoría y más a crónica. Y el país que mejor la ilustra es el Perú: donde el poder desconoció un referéndum, bloqueó toda iniciativa popular de cambio, reformó la Constitución por su cuenta… y ahora ensaya la capa final: la manipulación robótica de la opinión pública.
El genio del truco: mandar sin dar poder
La democracia moderna descubrió algo más elegante que la censura: hacer que el hombre común se sienta soberano mientras sigue siendo administrado. Joseph Schumpeter lo dijo sin anestesia: el pueblo no gobierna; apenas escoge qué grupo competirá por gobernarlo.
Gaetano Mosca demostró que toda sociedad se organiza entre una minoría que dirige y una mayoría dirigida. Robert Michels clavó su ley de hierro de la oligarquía: incluso las organizaciones nacidas para representar al pueblo —partidos, sindicatos, frentes— acaban formando su propia casta administrativa.
El rito funciona porque ofrece algo más valioso que poder real: dignidad simbólica. En una sociedad que trata a la mayoría como fuerza de trabajo, consumidor endeudado y dato estadístico, votar es el breve carnaval donde por un instante fuiste alguien.
Colin Crouch le puso nombre a la criatura: posdemocracia. Las instituciones siguen en pie, las elecciones se celebran, pero la energía popular ya no organiza la dirección del sistema: organiza, en el mejor de los casos, la atmósfera. Se puede alterar el clima; rara vez la arquitectura. Y Jacques Rancière advirtió lo que el Perú confirmaría con sangre: a este orden le incomoda la palabra democracia exactamente cuando el demos irrumpe de verdad.
El menú permitido: exclusión presentada como pluralismo
Después de convencerte de que participas del poder, el sistema te entrega su segundo juguete: el menú. Partidos, colores, enemigos oficiales y falsas diferencias morales: y a eso le llaman libertad. Pero es la libertad de un cliente en un centro comercial: puedes escoger entre vitrinas, nunca entre estructuras.
Pierre Bourdieu desmontó el truco con mala leche sociológica: el campo político es un espacio ya filtrado por capital económico, simbólico, apellidos, lenguaje legítimo y permisos invisibles. Lo que parece pluralismo suele ser una selección previa disfrazada de apertura.
Por eso el sistema consolida a un sector, excluye a los terceros y los expulsa del tablero antes de que jueguen: los de fuera son «inmaduros», «populistas» —y en el Perú, «terrucos»—. La multitud, entretanto, confunde variación con cambio. Se discute todo lo visible con pasión casi religiosa, mientras lo invisible goza de una serenidad bancaria.
El voto como liturgia: el sistema se valida incluso con sus descontentos
Walter Lippmann ya sabía que la opinión pública no nace pura: se fabrica, se organiza, se simplifica. La gente no elige desde un vacío limpio, sino desde un paisaje mental saturado de narrativas ajenas, reflejos inducidos y miedos cultivados.
Guy Debord completó el diagnóstico: la política moderna aprendió a parecer intensa para ocultar cuán poco cambia lo esencial. Chomsky y Herman mostraron que en sociedades libres la propaganda opera como selección disciplinada de lo pensable. Gramsci lo llamó hegemonía: convertir intereses particulares en sentido común colectivo. Wolfgang Streeck añadió la aritmética: el capitalismo tolera la democracia mientras no interfiera con la rentabilidad. C. Wright Mills, la coordenada temporal: quien paga antes, condiciona antes.
Y aquí la pieza maestra: ¿cómo hace el sistema para que lo validen incluso los que están descontentos? No necesita que amen a los candidatos. Necesita que crean en la santidad del procedimiento. El voto castigo, el «menos malo», la rabia en formato permitido: todo se procesa dentro del corral. Cada elección, aun ganada por la indignación, renueva la confianza básica en el tablero.
Cuando el tablero logra que sus piezas celebren el privilegio de moverse dentro de él, ¿para qué renunciar a una liturgia tan rentable?
El súbdito elector: cansancio, deuda y la clase media como escudo
La democracia moderna no necesita ciudadanos lúcidos: necesita ciudadanos funcionales. Byung-Chul Han describe al sujeto que llega roto a casa, abre la pantalla, opina con rabia prefabricada y siente que participó. Pero no pensó: descargó. No deliberó: reaccionó. No intervino en la estructura: ventiló su impotencia dentro de ella. Erich Fromm añadió la herida: muchos no huyen del autoritarismo por amor a la libertad; huyen de la libertad por miedo a su peso.
La clase media es el escudo afectivo del dispositivo. Bourdieu y Christopher Lasch lo diseccionaron: quiere justicia, sí, pero sin demasiado desorden; cambio, pero sin rozar la jerarquía que la tranquiliza.
Cada vez que esta clase ridiculiza toda ruptura profunda como locura, hace trabajo ideológico gratuito para quienes ni siquiera la invitan al banquete. No protege la democracia: protege su lugar imaginario dentro de ella.
El laboratorio peruano: referéndum vaciado, Constitución blindada, alzamiento del sur
La trampa tiene domicilio. La Constitución peruana nació de un autogolpe (1992) y de un «congreso constituyente» electo bajo coerción (1993): la democracia de mercado fue desde su origen una imposición con votación. Mariátegui ya lo advertía: democracia formal sin democratización económica no es democracia, es fachada. Aníbal Quijano lo nombró: un Estado criollo sobre una sociedad colonizada.
El referéndum vaciado
El pueblo aprobó reformas políticas en las urnas. El Congreso las «desarrolló» en leyes que debilitaron la supervisión del financiamiento partidario y difirieron la reelección para beneficiarse. Nadie derogó el referéndum: lo administraron hasta vaciarlo. Así se desconoce la voluntad popular en la democracia moderna: sin romper el vaso, exprimiéndolo.
La Constitución blindada para abajo
El Tribunal Constitucional (exp. 0045-2021-PI/TC) declaró que la Constitución puede reformarse en todo, pero no sustituirse: toda asamblea constituyente quedó enterrada por vía judicial. Las vías de participación directa —referéndum ciudadano, iniciativa normativa, revocatoria— duermen en el papel. Bloquear el cambio del modelo no es accidente del Congreso: es su política tácita.
El alzamiento del sur
Un maestro rural andino gana la Presidencia sin permiso del corral; cae en horas tras un autogolpe torpe. Lo que sigue es lo que importa: el sur andino —Puno, Cusco, Apurímac, Ayacucho, Huancavelica— no salió a defender a un hombre. Salió contra la casta entera: contra los actores, gestores y representantes de este tipo de democracia. Sus consignas: cierre del Congreso, asamblea constituyente. La respuesta: estado de emergencia, toques de queda, Juliaca convertida en campo de tiro.
De ese incendio quedó el diagnóstico: esta democracia no es democracia. No era un grito contra las urnas: era contra el corral alrededor de las urnas.
La Constitución es rígida para el demos y plastilina para la casta.
O’Donnell llamó a esto democracia delegativa; William I. Robinson, poliarquía de baja intensidad: elecciones impecables, poder inmóvil. Sheldon Wolin le puso el sello: democracia administrada. Lo que Vargas Llosa llamó, hablando del México priista, «la dictadura perfecta»: un sistema que se eterniza a través de elecciones.
Carimedo: la trampa se algoritmiza
La última capa del dispositivo no está en el Congreso ni en el palco de televisión: está en tu celular. El caso Carimedo —el episodio más reciente de manipulación robótica de la opinión pública en el Perú— muestra la fase industrial de la vieja fabricación del consenso: granjas de bots operando propaganda intensa, robótica, persistente e invasiva, 24 horas, con un objetivo preciso: torcer la historia, presentar las mentiras como verdad y demonizar sistemáticamente al opositor hasta cambiar la opción del elector.
- Espiral del silencio × software: los bots simulan la mayoría; el disidente cree que está solo y calla; el silencio confirma la ficción.
- El terruqueo como protocolo de red: terrorista, corrupto, enemigo del país, mil veces por minuto.
- La mentira con textura de verdad: repetida por diez mil robots y envuelta en consenso aparente, ya no se experimenta como propaganda sino como convicción propia.
Byung-Chul Han lo anticipó: el poder ya no dice «obedece»; susurra «tú mismo lo crees». La forma terminal de la manipulación es la que se experimenta como autonomía. El precedente global es Cambridge Analytica; la diferencia es de costo: la distorsión industrial de la percepción está hoy al alcance de cualquier facción con dinero y sin escrúpulos.
La dictadura sin botas: de ciudadano a elector, de elector a súbdito
Es una dictadura blanca, blanda, sin botas —y por eso más peligrosa—. Excluye a los terceros mediante reglas de firmas, financiación y cerco mediático; consolida a un sector que rota rostros para permanecer; lo valida con liturgia cívica; y logra que hasta los descontentos lo validen con el voto útil, el menos malo, la rabia en el formato permitido.
¿Por qué es más peligrosa que la clásica? Porque la dictadura enseña al oprimido a reconocer al opresor: tiene rostro, uniforme, fecha de caída. Esta otra enseña al administrado a amar la administración y a llamar libertad a su propia domesticación. Convierte al ciudadano en simple elector cada cinco años, y al elector, en un consumidor de decisiones que otros tomaron el resto del tiempo.
La dictadura de botas necesita sangre visible y se desgasta; la de urnas decorativas se renueva por diseño y cobra peaje moral por ser «el único marco aceptable» incluso para la indignación. Cuando una forma de poder logra que los gobernados agradezcan el mecanismo que los contiene, la victoria del sistema es completa.
Quebrar el mito, no la palabra
Quebrar el mito no significa rendirse a la antidemocracia: significa devolverle a la palabra su contenido. Democracia es demos + kratos: poder del pueblo, no ritual del pueblo. Eso exige, como mínimo, lo que el Perú les niega y el sistema mundial esquiva:
- Poder constituyente real: que el pueblo pueda decidir cómo decide.
- Referéndums vinculantes de origen ciudadano y revocatoria efectiva.
- Democratización de la economía, de los medios y del acceso a la información.
- Control férreo del financiamiento político: que quien paga antes deje de condicionar antes.
- Carta de derechos para la era Carimedo: obligación de revelar la propaganda automatizada, auditoría pública de algoritmos y fondos; que distinguir un bot de un ciudadano sea un derecho, no una destreza de periodistas de investigación.
La voz del sur del Perú, cuando gritó esta democracia no es democracia, no insultaba a la democracia: la reclamaba. No pedía menos urnas: pedía menos corral. Y la pagó con sus muertos de Juliaca, sin que nadie responda por ellos hasta hoy.
La pregunta no es si el pueblo está maduro para gobernarse —esa es la pregunta de los gestores—. La pregunta es otra: ¿soporta este sistema que el demos irrumpla de verdad? Mientras la respuesta sea no, cada elección seguirá siendo el negocio perfecto: todos participan, pocos mandan, y casi nadie se atreve a decirlo sin sentirse culpable, exagerado o peligrosamente lúcido.
Hay que decirlo.
El sur ya lo dijo.
✊ El problema no es el pueblo. El problema es el corral.
Artículo de opinión basado en las obras de los autores citados; en los datos del IPE sobre la clase media peruana (2004–2025); y en la documentación pública del referéndum de 2018, la sentencia TC 0045-2021-PI/TC, las reformas constitucionales del Congreso 2023–2025 y las denuncias sobre la red de bots del caso Carimedo.