Cuando el poder se jacta de pisotear la humanidad
Jorge Perazzo
Refresquemos las palabras del secretario de Guerra de Estados Unidos celebrando el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro: “Fue la operación más sofisticada, poderosa e importante de la historia”.
La prensa repite como normal lo dicho por Donald Trump ensimismado y con entusiasmo: “Una acción rápida, exitosa, quirúrgica… un triunfo absoluto”.
Tras este lenguaje triunfal no hay estrategia ni política; HAY CINISMO. Hay una tranquilidad criminal. Saben que están cometiendo un crimen de lesa humanidad. Saben que han violado todos los principios del derecho internacional. Saben que han traicionado el sentido común de la humanidad, que durante siglos, aunque de forma imperfecta, ha intentado proteger, al menos simbólicamente: la inviolabilidad de los jefes de Estado, incluso entre adversarios ideológicos.

Glorificar una incursión militar en otro país soberano y calificarla como “heroica” o “gloriosa”, no es solo propaganda: ES JUSTIFICACION EXPLICITA DEL SECUESTRO, de la agresión, de la violencia salvaje. Es convertir el crimen en epopeya. Y eso revela algo más profundo: una actitud de desprecio absoluto por el respeto mutuo y la convivencia entre naciones. Es arrojar al tacho todo aquello que la humanidad ha construido, con dolor, con errores, pero con esperanza, para evitar el caos total.
Esta actitud no solo atenta contra Venezuela. Ataca el orden internacional mismo. No se trata únicamente de robar petróleo o imponer cambio a un régimen afín. Se trata de enviar un mensaje al mundo: “Esto es lo que podemos hacer. Somos el poder hegemónico. Dictamos las reglas. Nadie puede detenernos”. Es una declaración de supremacía imperial que rompe todas las líneas rojas imaginables, incluso aquellas que Occidente alguna vez fingió defender en nombre de los “derechos humanos”.
Este desprecio no solo legitima la violencia externa; también alimenta las dictaduras internas. En Perú, Bolivia, Ecuador, Chile y otros países de Nuestra América, gobiernos autoritarios y élites neoliberales toman ejemplo. Si Washington puede secuestrar presidentes impunemente, ¿por qué ellos no pueden perseguir opositores, manipular congresos, legislar a su antojo o liquidar acuerdos sociales? El neoliberalismo que hoy ronda nuestra región, esa mezcla de autoritarismo, extractivismo y alineamiento ciego al imperio— se fortalece con cada gesto de impunidad de EE.UU.
Y así, mientras occidente se hunde en una crisis civilizatoria provocada por el colapso del modelo neoliberal, sus líderes responden no con reflexión, sino con más brutalidad. No con cooperación, sino con amenaza. No con ética, sino con espectáculo bélico. Esta no es una guerra convencional; es algo más peligroso. Es la destrucción de los cimientos morales que sostienen cualquier sociedad digna. Incluso en Occidente, donde antes se apelaba, aunque hipócritamente, a valores liberales, hoy ya no hay tabúes. Ya no hay derechos humanos. Solo hay intereses y la ley de la selva.
Pero esta conducta no es señal de fortaleza; es síntoma de desesperación. La misma arrogancia que exhiben Trump y sus aliados es el reflejo de un sistema en quiebra: uno que, al no poder competir con China ni sostener su hegemonía económica, recurre a la violencia pura. Y en ese colapso moral, arrastran consigo a toda la humanidad.
Frente a esto, la respuesta no puede ser solo diplomática. Requiere un despertar ético colectivo. Un rechazo firme a normalizar lo inaceptable. Un pensamiento crítico que desnude la falsa neutralidad del “orden internacional”. Y, sobre todo, una renovación profunda de nuestros proyectos políticos desde nuestras propias raíces históricas, ancestrales y emancipadoras —como las que inspiran al Consejo de Autoridades Originarias de Puno y al Instituto Andino para el Buen Gobierno— para construir sociedades donde el respeto, la reciprocidad y la justicia no sean meras palabras, sino prácticas vivas.
Porque si permitimos que el crimen se vista de gloria, pronto no habrá nadie capaz de distinguir entre héroe y verdugo.
La ley del más fuerte y brabucon había sido superada , ahora que aparece uno tiene que ser aplastado y castigado